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¿A quién le importa si pierdes?

¿A quién le importa si pierdes? 6Vender una casa no es un juego. Tampoco lo es desprenderse de unas acciones o un fondo de inversión. Sin embargo, muchas veces actuamos como si lo fuera a la hora de realizar una transacción tan importante para nosotros, sobre todo con la vivienda en el caso de las familias.

Veamos como funciona este “juego” tan peligroso. Imagina que, durante el boom previo a la crisis, compraste una casa por 250.000 euros con una hipoteca de 160.000 euros que, ahora que tu pareja se ha quedado en paro, parece demasiado elevada.

Poco a poco, te das cuenta además que la compraste demasiado cara y quieres venderla para irte de alquiler o a una más barata. Pones tu anuncio y, tras varios meses de espera, por fin te llega una oferta. Te pagan 230.000. Con esta cantidad te llega para cancelar la hipoteca y te queda un remanente para tener unos cuantos años de alquiler asegurados.

Racionalmente, parece una buena operación. Pero el problema es que, en estas, aparece la fuerza de lo irracional: “Es que pierdo dinero, prefiero esperar a que me llegue una oferta por 250.000, por lo menos le empato”, piensas. ¿Irracional? ¿Es irracional no querer perder dinero?

Si te paras a pensarlo, en este caso sí. En realidad, que ganes o pierdas en una operación resulta del todo intrascendente. Lo que debería importarnos es qué podremos hacer con el dinero recibamos de la transacción, no si en la transacción hemos tenido un saldo positivo o negativo.

Que en nuestro ejemplo empates o pierdas no tiene ninguna repercusión para ti. No te van a dar ningún dinero extra por no perder. De hecho, en el caso de los activos financieros hasta es más bien al revés, las pérdidas te pueden compensar fiscalmente los beneficios de los próximos años.

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Déjame dormir un minuto más

Déjame dormir un minuto más 7A la mayoría de la gente le cuesta una barbaridad levantarse por las mañanas y ya no te digo si tiene que mantener una conversación. Éste no es mi caso. Tardo 5 minutos en despertar, lo primero que hago es tomarme un café (aquí soy como Hommer con las rosquillas: hmmmmmm, café!!) y puedo considerar que estoy al 95%. Me ducho, me visto y ya estoy al 100%. Salgo de mi casa y entro en el metro: ahí ya empieza a fallar la cosa, millones de personas en el mismo vagón (o al menos esa es la percepción que yo tengo), caras tristes y mustias. Casi nadie habla. Entro como puedo en el vagón y empiezo a sudar la gota gorda. Mal, mal. Me pone de mal humor. Lo que pasa es que tardo poco en ir a trabajar, así que se me pasa rápido. Me considero una persona afortunada.

Según un informe del provedor de centros de negocios Regus realizado a más de 10.000 empresarios de todo el mundo, en España se tarda una media de 25 minutos en llegar al trabajo, lo que hace que mucha gente ya llegue estresada y cansada.

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