Érase una vez, un país en el que vivían una Cigarra y una Hormiga.
La hormiga era hacendosa y trabajadora, y la cigarra no, le gustaba cantar y dormir, mientras la hormiga hacía sus labores.
Pasó el tiempo, y la hormiga trabajó y trabajó todo el verano, ahorró cuanto pudo, y en invierno, la cigarra se moría de frío, mientras la hormiga, tenia de todo… ¡Que hija de puta la hormiga!
La Cigarra llamó a la puerta de la Hormiga, que le dijo:
Cigarrita, cigarrita, si hubieras trabajado como yo, ahora no pasarías hambre ni frío… ¡¡y no le abrió la puerta!!
¿Quien ha escrito esto? Porque esto no es así; la hormiga ésta es una hija de la gran puta y una especuladora.
Y además, aquí no dice porque unos nacen cigarras y otros hormigas, y tampoco, que si naces cigarra estás jodido, y aquí, no lo cuenta.
Los Lunes al Sol (2002)
Ese fragmento de la película, representa a gran parte de la población española, aquella que se siente cigarra por haber nacido así y se resigna en serlo, pensando que la «metamorfosis» es imposible y están condenados a trabajar para las hormigas especuladoras. Es la llamada Mirmecofobia: La fobia a las hormigas
Veamos la lista de las «mayores hormigas del mundo», lista que recoge todos los años la revista Forbes.
De todos ellos, ninguno ha heredado su fortuna, y prácticamente todos tienen un origen humilde. Amancio Ortega empezó vendiendo batas a los 14 años, Warren Buffet repartiendo periódicos, Eike Batista vendiendo seguros puerta a puerta, Larry Ellison y Bill Gates picando código durante muchas noches delante del ordenador, Li Ka-shing tuvo que abandonar la escuela a los 15 años para trabajar 16 horas al día en una empresa de plásticos y Karl Albrecht comenzó trabajando en la tienda de comida de su madre.
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