Maravilloso y temible es el dinero, entelequia o bien físico que inspira los peores instintos humanos y los versos de poetas como Quevedo:
Madre, yo al oro me humillo,
Él es mi amante y mi amado,
Pues de puro enamorado
Anda continuo amarillo.
Que pues doblón o sencillo
Hace todo cuanto quiero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.
Poesía reveladora, que evoca el poder que el dinero otorga a su poseedor. Sin embargo, al pensar en el dinero, además de constatar lo poco que tengo, me viene a la mente un fragmento de la obra de Calderón de la Barca. Dice Segismundo, encerrado en la torre, en su célebre monólogo:
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño;
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.
La base con la que trabajamos los economistas, la moneda, divisa, dinero, es un concepto que pocos entienden en profundidad. Dado que los recursos son escasos, sean de bienes, de servicios e incluso el tiempo mismo, los economistas utilizamos el dinero para valorar y proponer el reparto óptimo, según los parámetros utilizados. Si bien, quede bien claro, el que decide finalmente la gestión de los recursos es la sociedad (los políticos, en la democracia defectuosa que tenemos hoy en día). Los economistas podemos proponer, pero los políticos disponen.
