Como suele ocurrir cada vez que hay una gran crisis económica, el nacionalismo se dispara. Es una verdad histórica que ha pasado una y otra vez desde el principio de la Humanidad: incluso en sociedades con tradición multicultural y multiétnica: ante la escasez se cierra filas en torno a los que pertenecen al mismo grupo. Y por supuesto se acusa a los de fuera (sean de otra religión, otro país u otra raza) de los problemas. Y en la actualidad no es diferente y nos encontramos incluso con personas, habitualmente solidarias, que empiezan a considerar a los no nacionales como dignos de menor solidaridad. Esto, que se ve claramente en la actual crisis de la €zona (o en Rusia) y que de forma más global lo podemos resumir con el hecho de que hay millones de humanos con problema de obesidad mientras otros muchos millones padecen riesgo de hambrunas, es algo a lo que ya estamos acostumbrados pero no deja de ser tristísimo. Y evidentemente, en un planeta con tantas diferencias de calidad de vida es normal que haya flujos de emigración humana desde las zonas más desfavorecidas hacia las que pueden ofrecer mejoras.
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