Cuando la gente oye la palabra «poder» le suelen venir a la mente connotaciones negativas, salvo que sea una persona ambiciosa o manipuladora.
Sin embargo el poder, que se obtiene con una estrategia sólida, no es ni bueno ni malo. De hecho es amoral. La moral entra en juego en función de los objetivos que persigamos con el poder: la paz mundial o el fin de la vida sobre la Tierra son objetivos que se pueden alcanzar en base a nuestra capacidad de inspirar, incidir, manipular, alterar, consciente o inconscientemente, el comportamiento de los demás.
Como en muchas otras facetas del saber humano, la guerra va un paso por delante en materia de estrategia y poder. No en vano somos mucho más primarios de lo que nos gusta aceptar.

