No deja de ser curioso que donde falle la lógica y las previsiones de manera catastrófica en una obra de la magnitud de la ampliación del canal de Panamá sea precisamente allí donde se cambia de océano navegando en sentido contrario al que dictaría el sentido común.
Sacyr ya ha presentado ante todo el mundo la verdadera “Marca España” que en nuestro país hemos disfrutado durante muchos años: obras que se licitan a precios altamente competitivos, lo que hace que se consiga la adjudicación, y que a mitad de construcción amenazan con la paralización por falta de presupuesto debido a costes inesperados y a circunstancias en ningún momento achacables a la empresa adjudicataria, por supuesto. Así, atrapados todos en la rueda de obras a mitad, cantidades enormes ya pagadas y compromisos adquiridos, se decide hacer frentes a estos costes y terminar la obra como sea. Aún se puede dar gracias si termina todo ahí y la obra reúne los servicios y la calidad pactados, que también aquí en España conocemos sonados casos de obras que salieron más caras de lo presupuestado y luego adolecían de importantes defectos estructurales que, en algunos casos recomiendan hasta su derribo.
Como ejemplo de esto último tenemos a nuestro arquitecto más internacional, al que como la justicia dictamine en su contra en todos frentes que tiene abiertos, sólo le quedarán las piezas del LEGO para dar salida a su creatividad.