Un ayuntamiento tiene un problema: un bloque de edificios amenaza ruina y teme que su caída provoque que otros caigan también y en lugar de hacer una explosión controlada, decide expropiarlo e invertir dinero en él para apuntalarlo. Gasta lo suficiente como para que no se vuelva a caer pero ignora si en el futuro harán falta nuevas inversiones y más gasto. Ante esa tesitura, prefiere ponerlo a la venta entre las diferentes promotoras y que la que ofrezca más se quede con él.
Eso es lo que hicieron la mayoría de países tras la quiebra de Lehman Brothers en septiembre de 2008: invertir dinero público para apuntalar a las entidades financieras por temor a que su caída tuviera un efecto sistémico. Unos lo hicieron como accionistas para luego vender, otros con créditos… todos con la inestimable ayuda de sus bancos centrales. En general casi todos los países de nuestro entorno gastaron más que España en sus bancos pero al final España es la que menos retorno va a obtener de ese gasto. El motivo hay que buscarlo tanto en la mala gestión que se hizo como en el carácter de las entidades financieras que necesitaron auxilio.
