Noviembre se ha convertido, no se sabe si definitivamente en un mes dedicado a la cultura anglosajona. El predominio cultural derivado de la preponderancia de la economía norteamericana se ve ahora potenciado por el fenómeno de la globalización que, haciendo pleno uso de las redes sociales, contagia como un virus todo evento cultural, sobre todo en lo referente a espíritu festivo.
El caso es que este mes ya arranca con la primera de las fiestas importadas, como es Halloween (tan implantada que ni siquiera es desconocida por el corrector ortográfico), que supone un contrapunto simpático y festivo a la tradición hispánica tan solemne como es la festividad de Todos los Santos. El efecto está claro, mientras que la tradición sólo supone un revulsivo para las floristerías, Halloween fomenta las ventas de un buen puñado de sectores, como son el ocio y la restauración, ventas de disfraces y adornos específicos y, como no, la venta de golosinas.
Durante demasiados años, el independentismo catalán ha estado vendiendo a los ciudadanos de su comunidad autónoma varias ideas discordantes con la realidad. Por un lado, ha estado inculcando en la ciudadanía catalana el hecho de que los recursos generados en Cataluña salían fuera de la Comunidad para subvencionar otras sin la contraprestación adecuada a los recursos aportados. Por otro, que una gestión propia de estos recursos propiciaría que los mismos se ajustasen mejor a las necesidades de la Comunidad y que sólo los realmente excedentarios fuesen aportados a la caja de la solidaridad entre Comunidades Autónomas.
Echando la vista atrás, no quedan tan lejos los tiempos en los que las grandes empresas comerciales de las Compañías de las Indias, las principales y más poderosas la holandesa, la británica y la francesa, tenían derechos de monopolio en las zonas geográficas de su influencia, con poderes para cobrar impuestos, firmar acuerdos comerciales, encarcelar a delincuentes y declarar guerras.