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El fracaso de la lucha contra la pobreza

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El fracaso de la lucha contra la pobreza 1En septiembre del 2.000, los líderes del mundo se reunieron en la Cumbre del Milenio de las Naciones Unidas con el fin de comprometer a esas naciones en un proyecto destinado a cumplir con los Objetivos de desarrollo del Milenio. Esto, que dicho así puede parecer nada, se plasmó en 2.005 en el Proyecto Aldeas del Milenio, un programa piloto llevado a cabo en diversas aldeas y que buscaba el estudio de una vía de desarrollo del África rural.

La idea era muy sencilla: los pobres necesitan dinero. Se calculó una cifra concreta: entre 101 y 127 dólares (90 y 114 euros) por año y habitante llevarían avances enormes a la población. Si se invertía anualmente esta cantidad a lo largo de 10 años, la vida de miles de millones de seres humanos mejoraría de manera duradera. Esta era la premisa que querían verificar en 13 localidades de 10 países del África subsahariana en el marco del proyecto Aldeas del Milenio. El programa se proponía demostrar que se podía acabar definitivamente con la pobreza.

El proyecto recibió financiación de más de 200 instituciones, fundaciones y empresas, entre ellas el Programa Mundial de Alimentos de Naciones Unidas, Nestlé, Unilever o la Fundación Pepsi. Madonna, Angelina Jolie y Bono le hicieron publicidad, mientras que Tommy Hilfiger le dedicó una colección. Eran Bendavid, profesor de la Universidad de Stanford, calcula que se inyectaron unos 600 millones de dólares (538 millones de euros).

El equipo de trabajo, liderado por Jeffrey Sachs, Director del Earth Institute, Director del Proyecto Aldeas del Milenio y Asesor Especial del Secretario General de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon, para los Objetivos de Desarrollo del Milenio, desarrolló un conjunto integrado de intervenciones en los sectores de la agricultura, la educación, la salud, las carreteras, la electricidad, las TIC, el agua y el saneamiento, y el desarrollo comercial en un determinado grupo escogido de aldeas africanas.

Así, por ejemplo, mediante la implantación de una fuente de energía solar en estas comunidades, o el despliegue de las más recientes aplicaciones de tecnologías de la información y la comunicación en tres áreas fundamentales como la salud, la educación y las infraestructuras, se pretendía lograr un desarrollo sostenible que logre que estas poblaciones salgan del sistema de economía de supervivencia.

El Proyecto Aldeas del Milenio estuvo presente al final en 14 grupos de aldeas en 10 países de África subsahariana y benefició a más de 500.000 personas, en una diversidad de zonas económicas y agroecológicas que representaban a unas de las regiones más desfavorecidas de Etiopía, Kenya, Rwanda, Uganda, Tanzanía, Malawi, Mali, Nigeria, Ghana y Senegal.

Pero tras casi cuatro años de haber finalizado el programa, un reciente reportaje de Planeta Futuro, de El Pais, muestra cómo ha cambiado la vida en una de estas aldeas africanas.

En su momento, hace un año, los directores del proyecto que formaban parte del equipo de Jeffrey Sachs hicieron públicos entusiastas informes que elogiaban la iniciativa calificándola de “solución a la pobreza extrema” y “sólida base para el crecimiento sostenible”. Los resultados hacían hincapié en “los importantes efectos positivos en el campo de la agricultura, la alimentación, la educación, la salud maternoinfantil, el sida y la malaria, así como en el suministro de agua y en la higiene”.

Esto choca con los numerosos informes y críticas a la bondad del programa. Ya en 2.011, pasada la mitad el tiempo que debía durar el programa, se denunciaron la existencia de deficiencias estadísticas e interpretaciones erróneas, que harían imposible saber si el proyecto habría cumplido sus objetivos. Faltaban, sin ir más lejos, datos anteriores al inicio del programa y datos correspondientes a grupos de control en los que el programa no se estuviera llevando a cabo.

Esto significa que, desde sus inicios, Aldeas del Milenio ya había sido objeto de descalificaciones que afectaban más directamente a sus fundamentos. Según estas, la idea de que para combatir la pobreza hacía falta un “buen empujón” —lo que equivale a decir inversiones millonarias— imponía a la población de los lugares seleccionados una concepción del desarrollo elaborada a priori en los despachos de los investigadores, sin ninguna relación con la realidad de los pueblos.

En la aldea en cuestión tratada en el reportaje, se advierte, que el intento de lograr un desarrollo económico sostenible basado en la comercialización de un producto local como la miel, fracasó por la inexistencia de canales de comercialización adecuados, así como de infraestructuras adecuadas a la realidad de la zona.

Posiblemente de la mano de alguno de los patrocinadores de la idea, llegó el cultivo de tabaco, como alternativa de desarrollo económico. Éste no ha servido más que para hacer depender el exiguo tejido económico de la zona de una multinacional a la que poco le importa el desarrollo del programa.

Los intentos de proporcionar cultivos alternativos al tabaco han fracasado también por la misma falta de redes de comercialización, dejando a éste como la única fuente de ingresos, a falta de una diversificación que no llega.

Por otro lado, empresas como Monsanto, que también formaron parte del programa Aldeas del Milenio, llevaron sus semillas y sus fertilizantes al programa. El primer año los distribuyeron gratuitamente. El problema es que estas semillas no pueden reproducirse para la siguiente temporada, como sería de esperar, sino que, año tras año han de comprarse, lo cual los hace dependientes de las multinacionales agrícolas.

En lo que a infraestructuras médicas se refiere, se advierte que, una vez acabados los fondos, los gobiernos locales no pueden pagar los salarios de médicos y enfermeras, por lo que buena parte de estas infraestructuras han desaparecido.

No obstante, el proyecto ha dado algunos buenos resultados duraderos. Sobre todo, las campañas de anticoncepción y planificación familiar, prevención de la malaria y medidas higiénicas han sido un éxito, por lo que “la mortalidad infantil ha descendido drásticamente”.

Lo cierto es que no hacía falta irse tan lejos para comprobar que el proyecto tenía todos los visos de fracasar. Sólo hay que mirar las regiones menos desarrolladas de Europa, llámese sur de España o de Italia, que llevan años recibiendo subvenciones de todo tipo sin que hasta ahora se halla logrado un desarrollo sostenible. De modo que, si desaparecieran estas ayudas y subvenciones en estas regiones los sistemas de sanidad y educación, las infraestructuras de transporte o comunicaciones retrocederían un mínimo de 30 años.

En defensa de la tesis de Jeffrey Sachs, lo cierto es que “el mundo de los donantes es muy cruel”. Ni gobiernos, ni empresas ni grandes fortunas se involucraron realmente en el proyecto. De modo que el economista culpa “a los ricos y cómodos de este mundo a quienes les importa muy poco la difícil situación de los pobres”.

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