Una de las múltiples aficiones y trabajos a los que me he dedicado ha sido la intermediación hipotecaria. Un malvado agente económico, si escuchamos a determinadas asociaciones de consumidores de banca. Un enemigo de la salud financiera de las familias, un aprovechado de las debilidades ajenas.
No voy a negar que en el sector de los brokers de hipotecas haya habido mucho mangante. Y los seguirá habiendo, si bien al menos ahora tenemos una normativa de protección al consumidor específica.
Se preguntará el lector por qué hablo de los intermediarios, si se supone que voy a criticar la concesión de préstamos hipotecarios. Los pérfidos agentes hipotecarios hemos acosado a los bancos, para que aprobaran operaciones de sobreendeudamiento a familias que no sabían ni lo que firmaban; posiblemente, en cuanto al desconocimiento del particular.
Viene siendo habitual, cuando hablamos de temas bancarios, confundir al ciudadano haciéndole mirar hacia otro lado. Sin los bancos, que concedieron las hipotecas, los intermediarios poco mal habrían podido hacer. Si un intermediario sin escrúpulos plantea al banco una reunificación de deudas que no soluciona el problema de sobreendeudamiento familiar sino que lo agrava, ¿no es la entidad financiera la que debe denegar la operación y hacer entrar en razón al cliente?
¿Acaso el banco no debería haber elegido a sus intermediarios con criterios de profesionalidad y solvencia? Evidentemente no habrían existido apenas reunificadoras de deuda tipo chiringuito financiero si los bancos no lo hubieran permitido. Y en cambio el debate público fue lo malo que eran los brokers, cuando en realidad lo que inyectan es competencia bancaria, pudiendo asesorar de forma independiente al cliente y negociando las condiciones en una posición de mayor fuerza.
