Parece que hay consenso en que vienen tiempos en los que la alta inflación será protagonista. La mezcla de inyecciones de liquidez en el sistema financiero, alto crecimiento del consumo en países que engloban casi la mitad de la población mundial (China, India, Brasil…) y una situación geopolítica que encarece nuestra principal fuente energética –el crudo- van a llevar a que los precios aumenten sin que como consumidores podamos hacer nada. La situación económica y las finanzas públicas además convierten al estado en colaborador de ese proceso ya que sistemáticamente elevan tanto los impuestos como los precios que regulan. A la inflación se la llama el impuesto de los pobres porque afecta a todos por igual en lugar de tener cierta proporcionalidad como el IRPF o el IVA para artículos de lujo. Es fácil –y triste- comprobar cómo nos afecta la inflación a diario ya que nuestro poder adquisitivo mengua si lo que compramos cuesta más que lo que ganamos pero no es tan fácil saber –al menos a primera vista- cómo afecta a las inversiones bursátiles.
En concreto para la bolsa los momentos de peor rentabilidad han sido, con diferencia, los episodios de deflación que, aún siendo escasos, han provocado puntuales desplomes en las cotizaciones y la más famosa y larga tendencia bajista: la del Nikkei. El motivo es que si los precios bajan lo más rentable es vender en bolsa y acumular liquidez e invertirla en productos como la renta fija o los depósitos bancarios que ofrezcan intereses seguros en lugar de en compañías que cada vez van a vender menos porque el consumidor espera que lleguen precios más bajos. ¿Significa eso que la mejor opción para la bolsa es cuando hay inflación? La respuesta es sí nominalmente y no realmente.
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