La economía es una ciencia social y en este blog se habla de economía, mercados y actualidad. Por eso me extraña tanto leer críticas por tratar aquí el tema catalán, que es un problema social, económico y de actualidad que afecta –directa o indirectamente- a todos los españoles. Tampoco entiendo que se critique que dé mi opinión –argumentándola y aportando datos- ya que es lo que hago siempre. Además, es un asunto que conozco bien, del que –contra los que llevan años minusvalorándolo- llevo tiempo advirtiendo por el enorme problema que se estaba gestando y en el que he acumulado continuos aciertos ya que llevo mucho tiempo diciendo que Rajoy se equivocaba en su actitud pasiva, que la independencia por la vía unilateral no es factible (y en estos meses se ha podido comprobar) y que tan sólo intentarlo iba a empeorar la situación como así ha ocurrido. También que no iba a recibir apoyo de la UE (algo que también se ha ratificado a pesar de las falsedades de algunos políticos afirmando lo contrario)… incluso predije que el 1-0 acabaría con una suspensión de la autonomía y que una DUI no iba a ser reconocida internacionalmente; hasta atiné al afirmar que era un error de Rajoy convocar las autonómicas el 21D porque no se rompería el equilibrio de escaños de cada uno de los bloques y nada cambiaría. Y el que lleve años opinando, y acertando, sobre esto pero sólo ahora reciba insultos por ello, es otra prueba más de cómo el procés ha empeorado la convivencia. También el viernes pasado predije cual iba a ser el resultado de la reunión Sánchez-Torra: que uno iba a ofrecer lo que pudiera siempre dentro del marco constitucional y el otro –para eso está ahí- iba a seguir insistiendo sobre lo mismo, demostrando el callejón sin salida al que nos ha llevado todo esto. Y quien no vea lo grave que es, seguirá equivocándose.
En un par de meses, cuando se cumpla un año de la aprobación de la “ley de transitoriedad” (detonante de todo el lío que ha venido después), será momento de hacer balance de nuevo pero quiero dejar claro que yo no tengo nada contra los independentistas (de hecho, tengo amigos que lo son, incluso tengo mucha relación con una concejala muy cercana a Torra) sino contra los políticos que iniciaron todo esto echándose un farol, jugando con la ilusión de mucha gente y que ahora no son capaces ni de rectificar ni de hacer en público la auto-crítica que sí que hacen en privado. Dicho esto, esta semana creo que la actualidad nos lleva a comentar del Bréxit. Sería fácil establecer comparaciones con el 1-O ya que ambas votaciones vinieron precedidas de falsas promesas sobre la bondad de sus consecuencias pero la del Bréxit sí que cambió algo y tuvo consecuencias reales y es que May, que hasta ese momento era anti-Bréxit, tuvo que asumir –tras la dimisión de Cameron- un gobierno que se encargaría de ejecutar la voluntad popular contraria. Semejante cabriola política le llevó a nombrar, por ejemplo, como ministro de exteriores a Boris Johnson, uno de los que más mentiras contó, dentro del Partido conservador, para convencer a los británicos de apoyar el Bréxit. La realidad es que la UE, por una vez, se ha comportado como una Unión y se ha mantenido firme en las negociaciones dejando a May con dos opciones: un Bréxit duro con unas consecuencias económicas en el corto plazo muy duras –y que se veían venir desde antes del referéndum aunque algunos las negaran- para su país o un Bréxit blando que, como dicen sus críticos, resta poder de decisión a Reino Unido en sus relaciones con la UE. El dimitido ministro Johnson ha llegado a decir que este acuerdo iba a convertir a su país en “una colonia de la UE”.

