Parece claro que en la economía actual la corriente económica que más está influyendo –tanto a gobiernos de derechas como de izquierdas- es la keynesiana o más bien la interpretación mayoritaria de ciertas ideas de Keynes. Casi la única alternativa ideológica a ello viene de la denominada corriente austriaca (más conocidos por sus contrincantes como “neoliberales”), que a su vez están bastante divididos en muchas cosas y que por tanto no es muy correcto englobarlos en una misma etiqueta. Como figuras más visibles del “keynesianismo” en el mundo destaca Paul Krugman, no sólo por su premio Nobel (recibido por sus estudios sobre comercio internacional) sino porque escribe casi a diario en el New York Times y quizás en España el más conocido sea José Carlos Díez. Sin embargo, el público en general no conoce a las principales figuras del pensamiento liberal y está tan confundido que hasta cree que el gobierno del PP lo era.
No hay espacio para tratar de todas las apasionantes polémicas teóricas entre los partidarios de una corriente económica u otra pero me voy a centrar en la que concierne a algo tan básico como la respuesta teórica ante una crisis como la última. Los keynesianos defienden que si el consumo privado cae, el estado debe sustituirlo con planes de estímulo para que la actividad económica no decaiga. El punto más extremo de este punto de vista se lo leí a Krugman cuando afirmó que la solución a la crisis vendría de actuar como si nos defendiéramos de una invasión alienígena: todo esa inversión para la defensa provocaría un aumento del PIB inmediato. Keynes ya expuso que enterrar botellas con dinero en minas en desuso y vender la explotación de ellas a quien quisiera desenterrarlas provocaría beneficio económico y empleo. De hecho, alguno de sus seguidores ha utilizado esa analogía para ironizar sobre el patrón oro ya que defienden que la mejor función de éste ha sido la actividad económica que ha generado al extraerlo del subsuelo para volverlo a enterrar en los sótanos de los bancos centrales.