Imaginate que un día vas andando por la calle tan tranquilamente y te encuentras a un niño el borde de la parte menos profunda de una piscina (hagamos el esfuerzo de pensar que te puedes encontrar una piscina en tu calle…). El niño está llorando y lleva un cubo en sus manos. ¿Qué te pasa?, le preguntas. Bueno, explica, estoy realizando un experimento científico y no funciona. ¿Qué pasa? Durante la última hora he estado echando agua en esta piscina con este cubo. Pero el nivel del agua no ha cambiado nada. La piscina no se llena. Es una piscina grande, le explicas. Unos pocos cubos de agua no van a tener un efecto muy visible. El chico duplica y triplica sus esfuerzos. Pasa una semana…
Vuelves a la piscina y el chico no está precisamente contento. ¿Qué te pasa ahora?, le preguntas de nuevo. He estado haciendo lo mismo ocho horas al día durante una semana y sigo sin ver ningún cambio. Habrá un escape en la piscina, le dices. No, dice el chico, no hay escapes. Lo he comprobado. El chico se encoge de hombros y vuelve al trabajo. Así que te quedas mirando y ves como el chico va a la parte más profunda de la piscina, llena un cubo de agua, camina a lo largo de la piscina y vacía el cubo en la parte menos profunda.
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