El vicepresidente del Banco Central Europeo (BCE), Luis de Guindos, ha dejado entrever esta semana una visión dividida sobre el panorama económico de la eurozona: optimismo en lo que respecta a la inflación, pero bastante más cautela cuando se trata del crecimiento económico. El exministro español ha participado en un foro del Instituto de Finanzas Internacionales (IIF), donde ha repasado el estado de salud de la economía europea y ha evitado comprometerse con posibles decisiones futuras del BCE.
Durante su intervención, De Guindos ha señalado que el proceso de desinflación avanza en buena dirección y que hay indicios claros de que la inflación seguirá moderándose en los próximos meses. Uno de los factores clave, ha explicado, es la evolución de los salarios: aunque han subido, lo han hecho de manera contenida, lo que podría aliviar la presión sobre los precios, especialmente en el sector servicios, tradicionalmente más resistente a las bajadas de inflación.
Según ha apuntado, en el BCE están confiados en que el índice general de precios pueda ir acercándose de forma sostenida al objetivo del 2 % en el medio plazo. Esta previsión refuerza la narrativa que el organismo ha venido construyendo en los últimos meses: la política monetaria restrictiva aplicada desde 2022 estaría dando frutos, y sin necesidad de ajustes drásticos adicionales… al menos por ahora.
El otro lado del tablero, sin embargo, plantea más incertidumbres. El crecimiento económico sigue siendo un terreno resbaladizo para la eurozona. De Guindos ha reconocido que los riesgos ligados al comercio internacional y a la situación geopolítica –en clara alusión a las tensiones entre China, Estados Unidos y Europa, además de los conflictos en Ucrania y Oriente Medio– dificultan cualquier previsión fiable a corto plazo.
El riesgo de una guerra comercial abierta, según De Guindos, tendría un efecto limitado sobre la inflación, pero sería mucho más dañino para la actividad económica. En otras palabras, podría añadir un lastre adicional a unas economías que ya de por sí muestran síntomas de fatiga.
En este contexto, el BCE opta por mantener la cautela y no adelantar movimientos. “Es muy difícil predecir qué haremos en abril”, ha reconocido el vicepresidente, subrayando que cada decisión se tomará en función de los datos disponibles en ese momento. De ahí que la hoja de ruta del BCE siga siendo una incógnita: si bien el freno a la inflación abre la puerta a posibles bajadas de tipos en el futuro, las dudas sobre el crecimiento obligan a moverse con pies de plomo.
