Chris Miller, en su libro Chip War, repasa la historia geopolítica del sector de los semiconductores, pero entre los grandes nombres de la tecnología se cuela una figura insólita: J.R. Simplot, un granjero de Idaho que pasó de fabricar patatas fritas para McDonald’s a convertirse en uno de los principales inversores de la industria de la memoria RAM. Su caso demuestra que el conocimiento de los mercados de materias primas puede aplicarse incluso al corazón de la revolución digital.
El imperio de las patatas
John Richard “J.R.” Simplot nació en 1909 y se crió en un entorno rural. A los 14 años abandonó la casa de sus padres con 80 dólares en el bolsillo y una mezcla de ingenio y audacia que marcaría su vida. Su primer negocio fue como criador de cerdos: usó restos de patatas y carne de caballo para alimentarlos y vendió los animales con grandes beneficios. Con el tiempo desarrolló maquinaria para clasificar patatas, un sistema de deshidratado para alimentar al ejército estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial y, más tarde, la técnica de congelación que permitió distribuir patatas fritas listas para freír.
Su gran salto llegó cuando Ray Kroc, fundador de McDonald’s, necesitó un proveedor estable de patatas congeladas. Simplot le ofreció un sistema industrial capaz de garantizar la misma textura y sabor en cada restaurante. El acuerdo lo convirtió en multimillonario y consolidó un imperio agroalimentario que abastecía la mitad de las patatas fritas de la cadena.
De las patatas a los microchips
A finales de los setenta, Simplot ya era una leyenda local en Idaho. Fue entonces cuando dos hermanos, Joe y Ward Parkinson, se le acercaron con una idea extravagante: fabricar chips de memoria DRAM en Boise, una ciudad sin tradición tecnológica. Habían fundado una pequeña empresa llamada Micron Technology y buscaban financiación.
La mayoría de los inversores huía de ese negocio. El mercado de los semiconductores era caro, inestable y dominado por Japón, cuyas empresas fabricaban chips más fiables y baratos que los estadounidenses. Pero Simplot reconoció un patrón familiar. Para él, los chips eran otra materia prima sujeta a los mismos ciclos de exceso y escasez que las patatas: cuando los precios caen y todo el mundo abandona, es el momento de invertir. Apostó un millón de dólares por el 40% de Micron, y su instinto no falló.
Micron y la guerra de la memoria
Los años ochenta fueron una época feroz para la DRAM. Las empresas japonesas inundaban el mercado bajando los precios, y gigantes como Intel o Texas Instruments abandonaron esa línea de negocio. Micron resistió gracias a la mentalidad frugal inculcada por Simplot. Construyó su primera fábrica con una fracción del coste habitual y redujo los pasos de producción para abaratar al máximo el chip sin perder calidad.
Idaho ofrecía ventajas adicionales: energía barata, terreno asequible y trabajadores leales. El propio Simplot repetía que la clave era “ser el productor de menor coste con el producto de mayor calidad”. Esa filosofía permitió que Micron sobreviviera mientras casi todos sus competidores estadounidenses caían.
Simplot también jugó en el terreno político. Denunció que Japón hacía “dumping” de chips y presionó al gobierno de Reagan para que interviniera. En 1986, Estados Unidos y Japón firmaron un acuerdo que imponía aranceles del 100% a los semiconductores nipones y abría parcialmente su mercado a empresas extranjeras. La medida fue polémica porque encareció los componentes para las empresas estadounidenses, pero dio oxígeno a Micron, que multiplicó por seis sus ventas en dos años.
De “Mr. Spud” a “Mr. Chips”
Para 1990, Micron era ya un actor relevante en el mercado global de memoria. Había pasado de ingresar tres millones de dólares a más de 300 millones, con márgenes ajustados pero sostenibles. En los cafés de Boise se comentaba la transformación del “rey de la patata” en magnate tecnológico. Las reuniones del consejo se seguían celebrando en Elmer’s Pancake House a las seis de la mañana, donde Simplot llegaba antes que nadie y se dedicaba a robar tiras de beicon del plato de sus directivos.
El empresario, que nunca terminó el instituto, manejaba su inversión con la misma lógica campesina de siempre: disciplina, ahorro y una visión fría de los ciclos del mercado. Llegó a poseer el 20% de Micron y una fortuna de unos 5.000 millones de dólares. Cuando le preguntaron si usaba ordenador, respondió: “Yo nací antes de la máquina de escribir”.
Micron frente a Asia
A finales de los noventa, el panorama cambió otra vez. Corea del Sur tomó el relevo de Japón como potencia en semiconductores. Empresas como Samsung y SK Hynix dominaron la producción mundial, pero Micron logró mantenerse entre los tres grandes fabricantes de DRAM.
En 2013, adquirió la japonesa Elpida, la última competidora importante de Japón en el sector. Con el tiempo, la compañía también se consolidó en la fabricación de memorias de alto rendimiento (HBM), clave para los centros de datos y la inteligencia artificial.
Las tensiones con China
La historia dio un nuevo giro con la rivalidad tecnológica entre Estados Unidos y China. En 2015, el conglomerado chino Tsinghua Unigroup intentó comprar Micron por 23.000 millones de dólares, pero Washington bloqueó la operación. Desde entonces, la empresa se ha visto envuelta en el pulso comercial entre ambas potencias.
Micron acusó a empresas chinas de robar su propiedad intelectual en 2020 y, en 2023, Pekín prohibió el uso de sus chips en infraestructuras críticas. En 2025, la firma decidió retirarse completamente del mercado chino de centros de datos, renunciando a parte de sus ingresos. Aun así, conserva una posición dominante junto a Samsung y SK Hynix en un negocio estratégico para la era de la inteligencia artificial.
El legado de Simplot
Simplot murió en 2008, pero su huella perdura tanto en el paisaje agrícola de Idaho como en la industria tecnológica. Lo que comenzó con un niño de 14 años cocinando restos de patata y carne de caballo acabó con una empresa que vale más de 220.000 millones de dólares. Su éxito no vino de entender la electrónica, sino de aplicar principios universales: comprar barato, controlar costes, aprovechar los ciclos del mercado y confiar en la intuición cuando otros se paralizan.
Su historia es también una metáfora de la economía global. La DRAM, igual que las patatas, se mueve en mercados cíclicos donde la sobreproducción hunde precios y la escasez los dispara. Simplot comprendió que las tecnologías más punteras no dejan de ser mercancías sometidas a las mismas leyes básicas de oferta y demanda.
Hoy, mientras la inteligencia artificial dispara la demanda de chips de memoria y los gobiernos tratan de recuperar la producción doméstica, la lección del viejo agricultor suena más actual que nunca: incluso en los mercados más sofisticados, los principios de la economía real siguen mandando.
Su biografía podría resumirse en una frase que él mismo habría firmado: no hace falta entender un transistor para saber cuándo algo está infravalorado. Porque, al final, tanto los chips como las patatas son cuestión de tener buen olfato para el mercado.
