Recientemente  se ha estrenado en España «El Gran Gatsby» sexta adaptación cinematográfica de la novela homónima de F. Scott Fitzgerald, en su día vi la película del 74 de Robert Redford y la verdad es que me pareció un pestiño, así que intuyo la veré cuándo la echen una noche por la tele. Esta es su sinopsis.

En la alta sociedad norteamericana, llama la atención la presencia de Gatsby, un hombre misterioso e inmensamente rico, al que todos consideran un advenedizo, lo que no impide que acudan a sus fastuosas fiestas. Gatsby vive obsesionado con la idea de recuperar al amor de su juventud.

Esta novela muestra las riquezas y las miserias de una época de corrupción, decadencia y falso esplendor de la sociedad americana, aquella que floreció en los años veinte al finalizar la Primera Guerra Mundia, en donde unas pocas personas hicieron muchísimo dinero. Veamos el comportamiento del índice Dow Jones antes del fatídico 1929.

En este entorno de crecimiento desmedido, las desigualdades entre pobres y ricos se multiplicaron, lo ocurrido después ya es historia.

Hace algo menos de dos años, nació el movimiento «Ocupa Wall Street» con el lema «Somos el 99%» con la intención era captar el interés por la extrema riqueza del 1% de la población. De esto hablamos por aquí hace tiempo. e incluso comparamos la desigualdad de los actuales EEUU con la del imperio Romano, os recuerdo los resultados.

Por tanto, en Roma el 1,5% de la élite controlaba entre el 15-25% de los ingresos, mientras en EE.UU. en 2007 la élite del 1% controlaba el 23,5% de los ingresos, sugiriendo con ello una inequidad ligeramente superior en los EE.UU de ahora.

Volviendo a este tema y ampliándolo, el jefe de los consejeros económicos de la Casa Blanca, Alan B. Krueger, basándose en la novela, bautizó la curva de Gatsby

Esta curva  muestra una relación directa entre la desigualdad económica de un país y la movilidad social, es decir, el grado en que los ingresos y la educación de una persona son determinados por los ingresos y la educación de sus padres. Si la desigualdad es baja, como en Suecia, Dinamarca o Finlandia, hay más posibilidades de que los hijos de los pobres o con un nivel educativo bajo, dejen de serlo. En el otro extremo, si la desigualdad es elevada, como en Brasil, Chile y Perú, son bajas las probabilidades de que los hijos de los pobres no sean pobres y que los hijos de gente sin formación lleguen a tenerla.

Krueger piensa que, dado que la desigualdad de Estados Unidos ha aumentado en forma sustancial en los últimos años, la movilidad social seguirá disminuyendo.

Veamos la curva, que como ocurre en estas cosas, no es curva.

Estos resultados son todo un palo al «Sueño americano» ese en el que cualquiera, tenga el apellido que tenga puede convertirse en millonario. Según estos datos, un danés, Alemán o incluso un pakistaní tiene más posibilidades de ver realizado su «Sueño americano» que alguien nacido en los Estados Unidos.

Por tanto llega la gran pregunta ¿Vivimos en una sociedad en la que cualquier ciudadano puede progresar si dispone de las habilidades necesarias independientemente de sus apellidos?.  ¿Puede un tipo como yo, que se llama Carlos López Pérez, triunfar en España? ¿Que futuro le depara a mi sobrinito Martín López Pérez Pérez?

Sobre este tema, encontré un excelente artículo aquí, del que os destaco unos párrafos.

¿Qué influencia tienen nuestros antepasados en nuestra situación económica actual?
La historia de una familia tiene grandes efectos que persisten durante enormes lapsos de tiempo. Influyen los padres, pero también lo hacen los abuelos y los  bisabuelos.

En un reciente estudio que examinaba a los suecos prósperos se encontró que los apellidos aristocráticos aparecen en las profesiones de élite con una frecuencia casi seis veces mayor que la sería esperable dada su distribución en el conjunto de la población. Incluso en la ejemplar Suecia, la condición social de la familia se transmite de generación en generación a través de las generaciones y los siglos.

En España científicos de la Universidad Carlos III de Madrid (UC3M) han demostrado que las personas con apellidos poco frecuentes tienden a tener un nivel socioeconómico mayor que aquellas que ostentan otros más comunes. Considerando profesiones de prestigio como la medicina o la abogacía, si agrupamos por un lado al 10% de la población con los apellidos menos frecuentes y por otro el 10% de la población con apellidos más comunes, observamos que el número de personas con esas profesiones de prestigio y apellidos poco frecuentes es más de un 45% superior a lo que debería ser si no existiese “sesgo” entre apellidos y nivel social. Los investigadores también encontraron la relación inversa, es decir, de las profesiones prestigiosas el número de personas que las ejercen y que portan apellidos comunes es un 20% menor que en otras profesiones. En resumen: hay menos García, Pérez, López y otros apellidos comunes entre la personas con mayor estatus social que lo que debería observarse si no existiera el sesgo detectado.

Sólo con políticas activas, bien concebidas, un país puede disminuir la desigualdad de la distribución del ingreso y aumentar la movilidad social. Un elemento fundamental de esta tarea —que también debe incluir políticas de ingreso y gasto público, además de la decisión de hacer realidad el principio de igualdad y no discriminación— es la formación de las personas, desde la primera infancia, la primaria y el resto del proceso educativo. Se requiere un enorme esfuerzo para hacer que la educación de los hijos de los pobres tenga una calidad semejante a la que reciben los hijos de los más ricos. Estamos lejos de ese objetivo.

En resumen, por apellidos y políticas. Lo llevo jodido.