Cuenta la leyenda que cuando alguien le preguntó a J.P. Morgan qué era el dinero, el viejo banquero respondió sin pestañear: «El oro es dinero. Todo lo demás es crédito.» Más de un siglo después, los bancos centrales del planeta parecen haberle dado la razón de la forma más rotunda posible. Y es una de esas noticias que, leída deprisa, suena a titular de película apocalíptica, pero que conviene mirar con calma.

Resulta que la deuda de la mayor economía del mundo —los famosos bonos del Tesoro estadounidense, el activo «seguro» por antonomasia durante décadas— ha dejado de ser el principal activo de reserva de los bancos centrales. Le ha ganado la partida un metal que no paga intereses, que cuesta un dineral guardar y cuya cotización sube y baja como una montaña rusa. El oro de toda la vida.

Lo dice nada menos que el Banco Central Europeo en su informe anual sobre el papel internacional del euro. A cierre de 2025, el oro ya pesaba un 27% del total de reservas oficiales del mundo, por delante de los bonos del Tesoro, que se quedaron en el 22%. El euro, mientras tanto, aguantó en un discreto tercer puesto con el 15%.

Ojo, que aquí hay truco (o casi)

Antes de proclamar el fin del imperio del dólar conviene leer la letra pequeña, que es justo donde el propio BCE pone el dedo. El sorpasso no se debe a que los bancos centrales hayan salido en estampida a vender deuda americana para llenar sus cámaras de lingotes. La explicación es mucho más aburrida: el oro se ha puesto carísimo.

El precio subió alrededor de un 60% en 2025, después de haber avanzado ya un 30% en 2024. Con semejante revalorización, el peso del oro en las carteras se infla solo, por pura aritmética, sin que nadie tenga que mover un gramo. De hecho, las compras hasta bajaron el año pasado.

La prueba definitiva la da el mismísimo BCE: si rehacemos las cuentas con los precios del oro de 2023, el ranking se da la vuelta y el Tesoro estadounidense vuelve a mandar con holgura. O sea, que estamos ante un efecto del precio, no ante una fuga ordenada del dólar. El titular impacta; el matiz, lo desmonta a medias.

Un activo incomodísimo que, aun así, gana

Lo gracioso del asunto es que el oro es un activo francamente molesto de tener para un banco central, y el BCE no se corta un pelo a la hora de enumerar sus pegas. Su precio es volátil, no te da ni un céntimo de interés y, encima, si lo quieres físico, tienes que pagar por almacenarlo en algún búnker bien custodiado. Y por si fuera poco, no se puede «fabricar» oro a demanda cuando hace falta liquidez de golpe.

Compáralo con un bono del Tesoro: se vende en segundos en un mercado gigantesco y, mientras lo tienes, te paga un cupón. El oro ni paga ni se ajusta con esa flexibilidad. Y sin embargo, ahí está, en lo más alto del podio. ¿Por qué demonios alguien preferiría guardar un metal incómodo antes que cobrar intereses?

La respuesta está en la geopolítica

Pues porque el dinero, al final, va donde se siente seguro. Y el BCE lo deja claro: los bancos centrales acumulan oro no solo por diversificar, sino como seguro contra el riesgo geopolítico. La lista de los mayores compradores del año lo cuenta todo sin decir una palabra: Polonia, Kazajistán, Brasil, China y Turquía. No exactamente los rincones más tranquilos del planeta.

El detonante real lo conoce todo el mundo. Cuando en 2022 Occidente congeló las reservas en dólares de Rusia, muchos países sacaron una conclusión incómoda pero lógica: un activo que un tercero puede bloquear con una firma no es del todo tuyo. El oro guardado en tu propia cámara, en cambio, no te lo congela nadie. Y para encontrar la última vez que las instituciones extranjeras tenían más oro que deuda americana hay que remontarse nada menos que a 1996. Casi treinta años después, la rueda vuelve a girar.

El plot twist: una empresa de criptomonedas

Y aquí viene el dato que rompe todos los esquemas. Resulta que el mayor comprador de oro de 2025 no fue ningún banco central, sino Tether, la empresa detrás de la mayor stablecoin del mundo. Sí, una tecnológica de criptomonedas comprando más oro físico —más de cien toneladas— que cualquier Estado del planeta.

Que una compañía privada de cripto acumule más lingotes que el banco central de cualquier país dice bastante de la época que vivimos. La búsqueda de un ancla de valor «fuera del sistema» ha dejado de ser cosa exclusiva de los gobiernos.

¿Y el euro qué tal?

Conviene recordar que el verdadero protagonista del informe no era el oro, sino el euro, que sigue plantado en su segundo puesto detrás del dólar. Y para Fráncfort las noticias no están mal: la emisión de deuda internacional en euros tocó su nivel más alto desde que nació la moneda, y el euro se ha convertido en la divisa reina del mercado de bonos verdes y sostenibles. Incluso se comportó como moneda refugio en varios sustos bursátiles de 2025 y principios de 2026. No está nada mal para el eterno segundón.

El adelantamiento del oro a la deuda americana es, sobre todo, una imagen con mucha fuerza: el metal de siempre superando al activo que durante décadas fue sinónimo de «dinero seguro». Pero conviene no confundir el símbolo con un cambio irreversible. Sin la subida de precios, el Tesoro estadounidense seguiría reinando, y el dólar continúa siendo, con diferencia, la moneda de reserva dominante.

Lo que sí parece consolidarse es una tendencia de fondo: en un mundo más fragmentado y con la sombra de las sanciones siempre rondando, los gestores de reservas valoran cada vez más tener una parte de su riqueza en algo que no dependa de la voluntad de nadie. Aunque sea incómodo de guardar y no pague ni un triste euro de interés. J.P. Morgan, allá donde esté, debe de estar asintiendo con la cabeza.