La presidenta del Banco Central Europeo vuelve a poner sobre la mesa lo que hace meses era solo un rumor de pasillo: que su mandato, que en teoría se extiende hasta el 31 de octubre de 2027, podría no llegar a su fecha de caducidad. Y lo ha hecho ella misma, en una entrevista con Les Echos, sin necesidad de que ningún medio filtrara nada esta vez.
Dos condiciones, una ambición
Lagarde ha sido clara sobre el escenario que contemplaría: que la estabilidad de precios esté garantizada y que Francia necesite una «voz europea» en el debate presidencial de cara a las elecciones de 2027, cuya primera vuelta se celebrará entre abril y mayo de ese año. Según sus propias palabras, «es necesario que se escuche una voz europea en el debate presidencial francés» y, si ese debate «revelara una visión más limitada del lugar de Francia en Europa», ella considera necesario «explicar por qué ese sería un camino doloroso para nuestro país y para nuestros conciudadanos».
Traducido: Lagarde se ve a sí misma como el contrapeso natural frente a un discurso euroescéptico o nacionalista que pueda emerger en la campaña francesa. Y no oculta que estaría dispuesta a intervenir personalmente si lo considera necesario.
El capitán no abandona el barco (todavía)
Eso sí, la propia Lagarde se encarga de matizar la urgencia del movimiento. Mientras el entorno geopolítico y económico siga siendo incierto, sostiene que «el capitán del barco del BCE debe permanecer a bordo», con la estabilidad de precios como misión irrenunciable. En sus palabras: «Hablaría con voz francesa y europea, porque soy profundamente ambas cosas. Les diría que Francia debe desempeñar un papel decisivo en el futuro económico de nuestro continente. Y que, sin este entorno y anclaje europeos, nuestras perspectivas económicas serían, cuando menos, inciertas».
Por ahora, insiste, esto «no está en su agenda». Pero quien conoce el percal sabe que este tipo de frases —»no está en mi agenda», «no me lo planteo ahora»— suelen ser el preludio de movimientos que sí acaban ocurriendo cuando el calendario político aprieta.
Segunda vez que el nombre de Lagarde vuelve a sonar para dejar Fráncfort
No es la primera vez que esta posibilidad sale a la luz. A comienzos de este mismo año, Financial Times informó de que Lagarde estaba reflexionando sobre abandonar el cargo antes de tiempo, con el objetivo de que la elección de su sustituto se produjera antes de un eventual cambio de gobierno en Francia que pudiera complicar el acuerdo político necesario para nombrar sucesor.
Aquella vez, la guerra de Estados Unidos contra Irán y el repunte de las presiones inflacionarias enfriaron las especulaciones: Lagarde siempre ha remarcado que no se marcharía del banco central mientras su misión no esté cumplida. Ahora, con un acuerdo de paz sobre la mesa y la reapertura del estrecho de Ormuz, el contexto vuelve a abrir la puerta, y sus declaraciones a Les Echos no hacen sino echar más leña al fuego.
El precedente que nadie olvida: el caso Tapie
Conviene recordar, sobre todo para quien no siga de cerca la trayectoria de Lagarde, que esta no es la primera vez que su nombre se ve envuelto en polémica en un cargo institucional de máximo nivel. Antes de llegar al BCE, y siendo ya directora gerente del FMI, Lagarde fue declarada culpable de negligencia por el Tribunal de Justicia de la República —la instancia especial francesa que juzga a ministros y ex ministros por delitos cometidos en el ejercicio de sus funciones— en relación con el conocido como «caso Tapie».
El origen se remonta a su etapa como ministra de Economía de Francia, cuando en 2008 se atribuyó al empresario Bernard Tapie una indemnización multimillonaria por la venta de Adidas años atrás. Los jueces consideraron que Lagarde actuó de forma negligente al no recurrir esa indemnización, pese a que parte de sus propios servicios le recomendaron apelar la decisión, lo que habría dejado al Estado francés en una posición mucho más favorable para negociar. La sentencia fue inesperada, ya que la propia Fiscalía había pedido su absolución.
Pese a la condena, el tribunal decidió no imponerle ninguna pena, alegando su «personalidad» y «reputación internacional», y evitó que la condena figurara en su ficha de antecedentes penales, a pesar de que el delito imputado podía acarrear hasta un año de prisión y 15.000 euros de multa. Aquel episodio situó a Lagarde en una posición delicada dentro del FMI, en un organismo que ya arrastraba el precedente de sus dos anteriores directores gerentes —Rodrigo Rato y Dominique Strauss-Kahn— forzados a dejar el cargo antes de completar su mandato, aunque por motivos bien distintos.
Aquel golpe reputacional no impidió, sin embargo, que Lagarde continuara escalando posiciones hasta convertirse, años después, en la primera mujer en presidir el Banco Central Europeo. Pero el historial está ahí, y cada vez que su nombre vuelve a sonar para un movimiento político de calado, como ahora, resulta inevitable que ese antecedente reaparezca en el debate público sobre su idoneidad y su relación con el poder político francés.
Lo que está en juego
Si Lagarde terminara dando el paso, el BCE se enfrentaría a un proceso de sucesión en pleno contexto de incertidumbre económica, justo cuando los mercados llevan meses pendientes de cada palabra del organismo sobre tipos de interés, inflación y la evolución del euríbor. Un cambio de liderazgo antes de tiempo no sería una cuestión menor: implicaría negociaciones políticas entre los gobiernos de la eurozona para designar sustituto, en un momento en que la propia Francia podría estar atravesando una campaña presidencial marcada por la tensión entre el proyecto europeo y las tentaciones nacionalistas.
Por ahora, solo son palabras. Pero en el juego de ajedrez de las instituciones europeas, las palabras de quien preside el BCE nunca son gratuitas.
