Lagarde asusta a los hipotecados: el BCE ya puede subir tipos sin miedo a incendiar los mercados

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Hay frases que, dichas hace apenas una década, habrían provocado un infarto colectivo en los mercados de deuda europeos. Christine Lagarde acaba de soltar una de ellas con total naturalidad, y lo más llamativo es que nadie se ha echado a temblar.

La presidenta del Banco Central Europeo inauguró este lunes una nueva edición del Foro de Bancos Centrales de Sintra —el Jackson Hole europeo, para entendernos— con un mensaje que destila confianza por los cuatro costados. El BCE, viene a decir, está cómodo. Puede subir los tipos para domar la inflación sin que ese mismo endurecimiento se convierta en una fuente de tensión financiera. Traducido: tiene la sartén por el mango y lo sabe.

El fantasma de Trichet ya no asusta

Para calibrar la magnitud del cambio conviene mirar atrás. En 2011, Jean-Claude Trichet subió tímidamente los tipos justo cuando las primas de riesgo estaban tensionadas y provocó una tormenta en la deuda soberana que estuvo a punto de descoser la eurozona. Aquel trauma marcó a toda una generación de banqueros centrales.

Lagarde, en cambio, asegura ahora que la institución puede usar los tipos de interés como su herramienta principal sin estar pendiente de los bandazos de los diferenciales de los bonos. Y no habla de oídas: durante el shock inflacionario que siguió a la invasión rusa de Ucrania, el BCE llevó las tasas hasta el 4%, un nivel récord, sin que el sistema se resquebrajara.

Por qué Europa aguanta mejor el golpe

¿Qué ha cambiado para que el banquero central duerma tranquilo? La arquitectura financiera europea es hoy mucho más sólida. La supervisión bancaria común y el marco de resolución han hecho que el sector financiero sea más resistente a los sustos.

A eso se suma la evolución de los marcos fiscales: del Mecanismo Europeo de Estabilidad a los fondos Next Generation EU, pasando por los instrumentos de deuda común que durante años fueron poco más que una quimera. Toda esa red de seguridad amortigua los golpes. Como resumió la propia Lagarde, ahora es más probable enfrentarse a perturbaciones que desvíen la inflación, pero sus efectos sobre la economía son más contenidos.

La consecuencia práctica es contundente: las compras masivas de deuda —el arma estrella de la era Draghi y de los primeros años de Lagarde— ya no se consideran necesarias. Siguen en el cajón de herramientas, pero el listón para volver a sacarlas está ahora mucho más alto.

Adiós al forward guidance, hola a los escenarios

El otro gran cambio es de estilo. El BCE parece haber enterrado definitivamente el forward guidance, esa costumbre de anticipar a los mercados sus próximos movimientos. Para Lagarde, ese tipo de promesas atan de pies y manos a la institución y pierden eficacia justo cuando más se necesita: en plena incertidumbre macroeconómica y geopolítica.

En su lugar, propone una comunicación basada en escenarios. La idea es explicar al mercado cómo reaccionaría el BCE ante distintas situaciones y dejar que sean los propios inversores quienes ajusten sus expectativas. «Cuando los mercados entienden cómo responderemos en los distintos escenarios, pueden empezar a ajustarse antes de que necesitemos actuar», explicó. Decisiones dependientes de los datos y reunión a reunión: nada de fórmulas complejas grabadas en piedra.

¿Y en julio, qué?

Lagarde no soltó prenda sobre la cita de julio en Fráncfort. Lo que sí dejó claro es que el BCE puede permitirse el lujo de la gradualidad: ajustes finos calibrados según las perturbaciones, sin los movimientos bruscos del pasado.

Con la tregua entre Irán y Estados Unidos reabriendo el estrecho de Ormuz y aliviando la presión sobre los precios de la energía, los inversores apuestan mayoritariamente por que el precio del dinero se quede donde está, en el 2,25% actual. Pero el mensaje de fondo es inequívoco: si la inflación se desboca, el banco central tiene munición de sobra y, esta vez, no le tiembla el pulso.

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