Por qué el debate de la vivienda en España siempre acaba en «dejaos de festivales y de pagar Netflix»

Por qué el debate de la vivienda en España siempre acaba en "dejaos de festivales y de pagar Netflix" 1

Hace más de dos mil años, Aristóteles ya se quejaba de los jóvenes de su época: deseos volátiles, pasiones que se apagan rápido, «nociones exaltadas porque la vida aún no los ha humillado». Podría haber estado leyendo los comentarios de cualquier artículo sobre vivienda.

El patrón se repite siempre igual. Sueltas un dato —que los hogares mayores de 65 años acumulan de media 321.987 euros en activos reales frente a los 92.264 de los menores de 35— y la respuesta no discute la cifra. Salta directa al carácter: los jóvenes se quejan demasiado, gastan en tonterías, que dejen el iPhone y los festivales.

Lo curioso no es el enfado. Es la precisión del desvío. Nadie pone en duda los números del Banco de España. Nadie sostiene que los jóvenes vivan mejor que sus padres a la misma edad. Frente a un argumento sobre dinero y poder, la respuesta es casi siempre un argumento moral sobre el esfuerzo.

Un estudio publicado en 2023 analizó qué genera exactamente la hostilidad entre generaciones, y encaja punto por punto con lo que uno lee en cualquier sección de comentarios.

Los jóvenes se enfadan por una amenaza real: el miedo, perfectamente fundado, a que el patrimonio de sus mayores les hipoteque la vida. Y en España ese miedo tiene base. La riqueza mediana de los menores de 35 años se ha desplomado un 76% en dieciocho años. Su participación en la riqueza total del país pasó del 8,2% en 2002 a un mísero 2,1% en 2022. No están enfadados con los valores de sus padres. Están enfadados con sus ventajas.

Los mayores se enfadan por algo distinto: una amenaza simbólica. La sensación de que alguien cuestiona lo que significan el mérito, el sacrificio y el éxito. Y eso explica la asimetría: cuando tienes las ventajas materiales, no te sientes amenazado por los datos —porque no lo estás—. Lo que te molesta es la insinuación de que esas ventajas quizá no fueron del todo merecidas.

El mérito como coartada

Que conste: la historia que se cuentan no es del todo falsa. Mucha gente de esa generación trabajó duro y ahorró con esfuerzo. Pero la historia tiene una omisión enorme: entraron al mercado justo antes de que la vivienda se revalorizara un 66% en dos décadas, cuando un piso costaba dos o tres veces el sueldo anual y no diez. Más del 81% de los nacidos entre 1945 y 1965 tenía casa propia a los 42 años; entre los nacidos en los 80 ese porcentaje cae al 67%, y baja en picado en las cohortes siguientes.

Los psicólogos lo llaman justificación del sistema: la tendencia a defender que las cosas son justas precisamente por parte de quienes más se han beneficiado de ellas. No por mala fe, sino porque la alternativa —admitir que la suerte y el momento fueron decisivos— resulta incómoda de tragar.

Y hay un detalle español que casi nadie menciona: el peso en las urnas. Los mayores de 65 años rozan ya el 27% del censo electoral; sumando a los mayores de 55, superan el 40%, con la participación más alta. Las políticas de vivienda, los impuestos sobre el patrimonio, el diseño de las pensiones… se debatieron y aprobaron cuando esa cohorte era el votante decisivo. No solo se beneficiaron del sistema: lo votaron una y otra vez, justo cuando su peso y su interés coincidían a la perfección.

Las cañas, los festivales y el último iPhone

El reencuadre estrella es siempre el mismo: el problema no es la estructura, son los hábitos de gasto. ¿Quieres comprarte un piso? Pues ahorra, en vez de irte a un festival cada verano, pedir brunch los domingos y cambiar de móvil cada año.

El argumento es duradero precisamente porque hace lo que los datos no pueden: traslada el problema de la estructura al individuo. Si la brecha es cuestión de caprichos, nadie tiene que sentirse incómodo. El sistema está bien. Los chavales solo tienen que apretarse el cinturón y dejar el Sonar, el Primavera y las cañas del finde.

Pero los números no cuadran con esa historia. La brecha de patrimonio entre mayores y jóvenes se ha multiplicado por siete en veinte años. Ninguna cantidad de cañas ahorradas cubre la distancia entre un piso que costaba tres sueldos anuales y uno que cuesta diez. El suelo se ha bajado activamente mientras el techo subía.

La salvedad justa

Conviene no caer en la trampa contraria: los mayores no son un bloque uniforme. La desigualdad dentro de esa generación es enorme. Quien compró piso en una gran ciudad en 1985 y quien pasó la vida de alquiler viendo menguar su pensión no están en el mismo sitio ni de lejos. El villano, si lo hay, no es una generación entera: es una cohorte concreta, propietaria, con estudios y políticamente activa.

Y el reflejo del sermón ni siquiera para en la frontera de la edad. El «yo me lo curré» se dispara hacia abajo, contra quien tenga menos, sin importar el año de nacimiento.

La pregunta que casi nadie se hace es la única que importa: ¿cómo construimos un país donde los jóvenes puedan prosperar sin descartar a los mayores? Es una pregunta política, no generacional. Y la respuesta no es un misterio. El problema es que llevamos décadas discutiendo si la pregunta siquiera es justa, en lugar de responderla.

2 comentarios en «Por qué el debate de la vivienda en España siempre acaba en «dejaos de festivales y de pagar Netflix»»

  1. En los ’90s mi padre compró un pisito y para hacerlo hasta vació las huchas de sus hijos…

    En el 2008, antes de que estallara la burbuja, el valor de ese piso se multiplicó x5

    No sé cuánto vale ese piso a día de hoy, mi padre, con mejor o peor criterio, decició conservarlo en vez de venderlo; pero lo cierto es que es imposible para un jóven de hoy en día comprar una vivienda teniendo en cuenta la diferencia de los Salarios/Precio Vivienda, prácticamente inasumible para una única persona, y bastante difícil incluso para una pareja con dos sueldos.

    Y yo no me puedo quejar demasiado, si bien es cierto que en la crisis estuve cerca de perderlo todo, hoy por hoy sigo teniendo un techo (hipotecado) sobre mi cabeza…

  2. Yo tuve la suerte de encontrar un trabajo indefinido en 2009 y me pude meter a una hipoteca por un piso por 200k euros que si bien valía un 30% mas que lo que costo sobre plano 7 años antes al dueño, estaba a estrenar y ya había perdido un 20% del precio de máximos de 2007.

    Y aunque siguió perdiendo valor hasta 2013 (un 10% mas) hoy en dia vale un 30% mas de lo que a mi me costó.

    Tuve suerte, y estaba en el momento adecuado. Teníamos el 10% ahorrado para la compra, estabamos aun en época de hipotecas relativamente baratas (eur+0.40) y fue un banco que estaba en búsqueda de clientes al ser nuevo por nuestra zona y nos dio el 100%.

    La hipoteca nos comía eso si, solo el 25% de nuestro salario de entonces, hoy dia, entre lo amortizado y lo que han subido nuestros salarios se llevara un 10% y vivimos muy aholgados, pero al principio entre comprar las cosas para poder vivir y pagar todos los recibos e historias que nadie te cuenta que lleva una casa, no ibamos faltos de dinero, pero no podiamos permitirnos tampoco lujos.

    Eso si, la burbuja inmobiliaria hizo que la mayoria de los pisos dieran pena como estaban construidos, con disparates como habitaciones triangulares o cocinas con el ancho de un pasillo que no podrias ni abrir las puertas. De mas de 100 pisos que vimos, solo 3 nos cuadraron y 2 de ellos volaron mientras nos hacia el estudio el banco…. en plena crisis.

Los comentarios están cerrados.