El campo estadounidense ya no es lo que era. Donde antes había cultivos en Luisiana o extensiones abiertas en Texas, empiezan a levantarse instalaciones gigantescas que poco tienen que ver con la industria tradicional. No producen objetos físicos, sino algo más intangible: capacidad de cálculo. Son los grandes centros de datos que sostienen la nueva economía digital y que avanzan al ritmo de la carrera por la inteligencia artificial más avanzada. Su llegada no solo transforma el paisaje, también empieza a alterar quién manda y cómo se reparte el peso económico.
Un buen ejemplo es el proyecto Hyperion, en Holly Ridge (Luisiana). Detrás está Meta y una inversión que ronda los 27.000 millones de dólares. El tamaño del complejo es difícil de imaginar: ocupa una superficie comparable a una porción relevante de Manhattan. Pero lo más llamativo no es el terreno, sino lo que necesita para funcionar. Cuando esté en marcha, su consumo eléctrico será equivalente a varias veces el de Nueva Orleans, la ciudad más grande del estado.
Levantar algo así no consiste solo en construir edificios. Obliga a desplegar toda una red a su alrededor: nuevas centrales energéticas, kilómetros de conducciones de agua, carreteras reforzadas e incluso infraestructuras portuarias. En paralelo, se dispara el precio del suelo. Parcelas que antes apenas tenían valor pasan a cotizar en cifras millonarias. Eso cambia la vida en zonas rurales, donde empiezan a proliferar alojamientos temporales para trabajadores y servicios ligados exclusivamente a estas obras.
Durante años, la riqueza tecnológica se asoció a Silicon Valley. Ahora esa riqueza empieza a materializarse en instalaciones físicas de gran tamaño. Los grandes nombres del sector —Elon Musk, Mark Zuckerberg, Sam Altman o Jeff Bezos— ya no compiten solo en productos o plataformas, sino en capacidad energética y superficie disponible.
Si en el siglo XIX los magnates del ferrocarril controlaban el movimiento de mercancías y personas, hoy el control pasa por los datos y la potencia de cálculo. Los proyectos reciben nombres grandilocuentes, casi épicos, y el dinero destinado a construirlos se ha disparado. Solo en 2025, la inversión en este tipo de infraestructuras alcanzó los 400.000 millones de dólares, reflejando hasta qué punto el sector privado está volcado en esta carrera.
El despliegue de estos complejos no está exento de fricciones y muchos vecinos miran estos proyectos con recelo. Se habla de oportunidades económicas, pero la realidad no siempre encaja con las expectativas.
El consumo de energía es uno de los puntos más delicados. Las previsiones apuntan a que, antes de que acabe la década, los centros de datos en Estados Unidos podrían demandar tanta electricidad como grandes países enteros. A eso se suma el uso intensivo de agua para refrigeración, algo especialmente sensible en zonas donde ya hay escasez.
En cuanto al empleo, la diferencia entre lo que se promete y lo que queda es evidente. Durante la construcción se necesitan miles de trabajadores, pero una vez en funcionamiento, estas instalaciones operan con plantillas reducidas y altamente especializadas, muchas veces procedentes de fuera.
El auge de la inteligencia artificial ha estrechado la relación entre las grandes tecnológicas y el poder político. Lo que antes se presentaba como un avance global ahora se enmarca en una lógica más ligada a la competencia entre países. Las empresas buscan apoyo institucional, y los gobiernos ven en estas infraestructuras una pieza clave para mantener su posición frente a otros bloques.
Ese entendimiento tiene consecuencias. Se facilitan permisos, se relajan ciertas normas y se destinan contratos públicos de gran tamaño. Todo ello bajo la idea de que el liderazgo tecnológico es una cuestión estratégica, incluso si eso implica recurrir a fuentes de energía menos limpias para sostener la demanda.
No es la primera vez que una gran apuesta industrial genera expectativas desmedidas. Ya ocurrió con el ferrocarril en el siglo XIX: impulsó el crecimiento, pero también alimentó burbujas que acabaron estallando. Hoy, algunos analistas ven paralelismos. Si la rentabilidad de la inteligencia artificial no llega al ritmo esperado, parte de estas infraestructuras podría quedarse infrautilizada.
Mientras tanto, el cambio ya es visible. La concentración de poder deja de ser algo abstracto y toma forma en edificios gigantescos, redes energéticas y un consumo intensivo de recursos. Es una transformación que no solo afecta a la economía, sino también a la relación entre las grandes empresas y la sociedad que las rodea

Buenos días. Si me lo permite, señor López, añadiría el ejemplo español de Teruel: por su aeropuerto para uso exclusivo de las aerolíneas y futuro puerto espacial. Los precios de las viviendas se han disparado (tanto de compra como alquiler) y ya falta mano de obra menos cualificada debido a que ésta no puede costearse el alojamiento. Se espera que de cara el 2027 la cosa empeore.
El problema de estos centros de datos… y de muchos proyectos de este tipo, es que es «pan para hoy y hambre para mañana». La capacidad de gestión fisicamente allí es mínima (todo se telecontrola, y las pocas veces que hay que ir a hacer algo, lo hace alguien desde cualquier sitio menos ese). Al final, durante la fase de construcción hay mucha gente y sí hay trabajo, pero cuando se tiene que operar (el 95% del tiempo, diría yo), a nivel local es una ruina, porque con pocas personas se hace todo.