¿Alguna vez te has preguntado por qué si la economía va como un cohete la tuya va tan mal?. La respuesta tiene forma de letra, de K.
La «economía en forma de K» es un concepto que aparece muy frecuentemente en los informes corporativos, los análisis de Wall Street e incluso los discursos de los funcionarios de la Reserva Federal. Este término no es una simple analogía; es una descripción de la profunda y creciente disparidad de resultados económicos que define el panorama actual que se resume en que a unos les va muy bien y a otros muy mal.
¿Qué significa la forma de k en la economía?
El concepto se ilustra al dividir la «K» en dos trayectorias divergentes, cada una representando un segmento socioeconómico clave:
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El brazo superior (ascendente): Representa a los hogares de ingresos altos y a los inversores. Este segmento experimenta un aumento constante de la riqueza y el ingreso, impulsado principalmente por la inflación de activos(subidas en los mercados bursátiles y el valor inmobiliario) y el crecimiento en sectores tecnológicos y de alta especialización.
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El brazo inferior (descendente): Refleja la realidad de los hogares de ingresos bajos y medios. Para ellos, el crecimiento salarial es débil o nulo, y sus finanzas están erosionadas por la inflación de precios persistente en bienes esenciales como vivienda, alimentos y energía.
Esta división ayuda a explicar las aparentes contradicciones del ciclo económico pospandémico: un crecimiento del PIB que parece sólido coexiste con un sentimiento del consumidor débil; el índice bursátil se acerca a máximos históricos mientras el ritmo de contratación se desacelera, y la construcción de centros de datos relacionados con la inteligencia artificial (IA) se dispara mientras las ventas de viviendas y la manufactura tradicional flaquean.
La «economía en forma de K» se popularizó durante la recesión provocada por la COVID-19 en 2020. Antes, los economistas debatían si la recuperación sería «V» (caída abrupta y rebote rápido), «U» (recuperación más gradual) o incluso «L» (caída seguida de estancamiento prolongado).
La K se impuso porque capturó de manera precisa la experiencia de la pandemia: mientras los profesionales de cuello blanco podían teletrabajar y veían cómo sus carteras de inversión se hinchaban, impulsadas por las políticas de estímulo, millones de trabajadores de primera línea en servicios, hostelería y manufactura eran despedidos o sufrían una pérdida masiva de ingresos. El profesor de economía Peter Atwater, quien ayudó a popularizar la etiqueta, señaló que la K «tenía más sentido» por esta diferenciación inmediata.
La brecha salarial: una divergencia reciente
Si bien la desigualdad se revirtió brevemente después de la pandemia —cuando la escasez de mano de obra en sectores de baja cualificación impulsó los salarios de los trabajadores peor pagados—, la tendencia de la K ha resurgido.
Esta desaceleración en el poder adquisitivo de la base de la pirámide económica tiene implicaciones directas en el consumo. Estudios de instituciones financieras confirman que el gasto de los consumidores está siendo impulsado desproporcionadamente por los hogares de altos ingresos, mientras que los segmentos de ingresos medios y bajos están recurriendo al endeudamiento con tarjetas de crédito solo para mantener niveles de gasto inferiores.
La estrategia corporativa bajo el prisma de la k
Las grandes empresas están reajustando sus modelos de negocio para reflejar esta realidad bifronte. Los ejecutivos están adoptando una estrategia de doble enfoque, buscando la «premiumización» para el brazo ascendente y la «asequibilidad» para el brazo descendente:
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Orientación al lujo: Aerolíneas y marcas de bebidas se centran en el aumento de las ventas de productos y servicios premium, como los billetes de primera clase o las bebidas gourmet.
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Ajuste de precios: Paralelamente, introducen formatos más pequeños o de menor coste para atraer a los consumidores sensibles a los precios.
El CEO de Best Buy señaló que el 40% superior de los consumidores estadounidenses está generando dos tercios de todo el consumo, lo que subraya la dependencia del crecimiento económico del segmento más pudiente.
La inteligencia artificial y el riesgo sistémico
La inversión masiva en infraestructuras de IA y centros de datos ha exacerbado aún más la K, disparando las valoraciones bursátiles de las llamadas «Siete Magníficas» (Magnificent Seven, como Google, Nvidia, Microsoft). Sin embargo, la mayor parte de este valor se concentra en el 10% más rico, que posee aproximadamente el 87% del mercado de valores.
La preocupación de los analistas radica en la sostenibilidad de una economía impulsada únicamente por la riqueza concentrada. Si el empleo se deteriora para el brazo inferior, su inevitable reducción del gasto podría tener un efecto de arrastre (pull-down effect). Este efecto, que el economista Dario Perkins describe como «la parte inferior de la K arrastrando esencialmente a la superior», podría llevar a una fuerte caída de los ingresos de las grandes empresas de tecnología y consumo, forzando un retroceso en las inversiones en IA y empujando potencialmente a toda la economía a una recesión más profunda.

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Y, la verdad, una p.tada, que no es nueva, porque llevo años y más años hablar oyendo cosas como «España va bien» o «La economía va como un cohete»; pero a pie de calle se nota entre poco y nada…
Eso sí, cuando va mal, va mal para «todos»; pero, sobre todo, para aquellos que, cuando todo va bien, no lo notan…
En fin, que en las buenas y en las malas, siempre terminamos pagando el pato…