Durante una conferencia celebrada en París este miércoles, François Villeroy de Galhau, gobernador del Banco de Francia y uno de los rostros más conocidos dentro del BCE, dejó claro que el banco no tiene un camino cerrado respecto a los tipos de interés. Según sus palabras, es clave mantener la flexibilidad en las decisiones futuras para poder adaptarse a cómo evolucione la economía en los próximos meses.
Este mensaje no es casual ni anecdótico. Llega justo en un momento en el que los mercados están pendientes de cada palabra del BCE para intentar anticipar posibles recortes en el precio del dinero. Y aunque el organismo ya ha dado señales de que una bajada de tipos podría estar cerca, también quiere dejar claro que no hay una hoja de ruta inamovible.
Villeroy, que en el pasado se ha mostrado partidario de una política monetaria más suave, recordó que los movimientos del BCE deben seguir guiándose por los datos, no por las expectativas del mercado. En otras palabras, si la inflación vuelve a sorprender al alza o la economía no responde como se espera, el banco se reserva el derecho de cambiar de rumbo.
Nagel advierte contra la relajación ante la inflación
En la misma línea, pero con un tono más firme, habló Joachim Nagel, presidente del Bundesbank alemán. Durante su intervención, advirtió de que la inflación aún no está bajo control del todo y que sería un error pensar que el trabajo del BCE ya está hecho.
Nagel, que tradicionalmente representa el ala más conservadora del BCE en materia de política monetaria, insistió en que hay que seguir vigilantes y evitar caer en la complacencia. Su mensaje fue claro: aunque los datos muestren cierta mejora, las presiones sobre los precios siguen siendo una preocupación.
Este tipo de mensajes suelen tener buena acogida en Alemania, donde el recuerdo de la inflación de los años 20 del siglo pasado sigue pesando en el imaginario colectivo. Además, Nagel recordó que algunos factores, como los salarios o los precios de la energía, todavía podrían reactivar la inflación si no se controlan adecuadamente.
¿Y ahora qué?
El dilema del BCE es evidente: por un lado, los tipos altos estrangulan el crédito, enfrían la actividad y acaban pasando factura a las familias hipotecadas; por otro, actuar con demasiada rapidez podría hacer que la inflación se reanime, algo que ya ocurrió en otras ocasiones tras una retirada prematura de las medidas restrictivas.
Por eso, el mensaje que se transmite desde Fráncfort estos días no es tanto el de «vamos a bajar tipos», sino más bien un «no nos atamos a nada, iremos viendo». Esto es clave para evitar que los mercados se confíen demasiado o que los gobiernos relajen sus políticas fiscales pensando que el banco central les va a sacar del apuro.
En el fondo, lo que se está diciendo es que la política monetaria seguirá siendo dependiente de los datos, y que cualquier decisión se tomará en función de cómo evolucione el crecimiento, la inflación y el empleo en la eurozona.
