La reciente intervención de Isabel Schnabel, miembro del comité ejecutivo del Banco Central Europeo, marca una línea clara: el BCE no tiene prisa por seguir bajando los tipos. Tras el recorte aplicado en junio, que supuso el primer alivio monetario en esta fase de política restrictiva, el mensaje ahora es de contención. El precio del dinero se mantendrá donde está, salvo que haya señales claras de que la inflación se aleja de forma persistente del objetivo del 2%.
Las palabras de Schnabel apuntan directamente a una idea: el ciclo de recortes no está asegurado. Aunque el proceso de desinflación sigue su curso, no hay motivo para relajar más la política monetaria. Los precios de los servicios y de los alimentos continúan elevados, y eso mantiene viva la presión inflacionista interna. A su juicio, ni la evolución de los precios de la energía ni la fortaleza reciente del euro justifican una bajada adicional.
Ese posicionamiento contrasta con las expectativas del mercado, donde algunos inversores descontaban más recortes antes de fin de año. El BCE, sin embargo, insiste en que no está en modo automático. Schnabel ha sido especialmente tajante: solo si hay una desviación clara y sostenida de la inflación respecto al objetivo, se consideraría una nueva rebaja.
Tampoco la debilidad económica o las tensiones internacionales son motivo, por ahora, para intervenir. Aunque el crecimiento en la eurozona es débil y persisten riesgos globales, el fuerte impulso fiscal en varios países y el buen anclaje de las expectativas de inflación refuerzan la decisión de mantener los tipos en su nivel actual. Además, desde la perspectiva del BCE, la política monetaria ya empieza a ser más acomodaticia: los bancos informan de una reactivación en la demanda de hipotecas y crédito, señal de que los tipos están dejando de frenar a la economía.
Ese dato, procedente de la última encuesta de préstamos bancarios, es revelador. Un 56% de las entidades asegura que los tipos actuales están incentivando la concesión de hipotecas, frente a solo un 8% que considera lo contrario. Es decir, las condiciones empiezan a parecer más suaves para los hogares, lo que podría trasladarse a una mayor actividad inmobiliaria y, con ello, más presión sobre los precios.
Respecto al euro, Schnabel ha querido desinflar el debate. La moneda única se ha apreciado frente al dólar, pero el BCE no ve en ello un problema ni una justificación para modificar los tipos. Según la alemana, este movimiento responde más a una mejora en la percepción internacional del crecimiento europeo que a un riesgo de caída inflacionaria. Además, al facturarse en euros una buena parte de las importaciones, el impacto del tipo de cambio sobre la inflación es menor de lo que muchos creen.
El BCE no persigue un nivel concreto de tipo de cambio. Lo vigila, lo incluye en sus modelos, pero no reacciona de forma automática. Mientras la inflación siga cerca del 2% y la demanda interna empiece a recuperar impulso, no hay razón —ni técnica ni política— para acelerar nuevos recortes.
