El Banco Central Europeo (BCE) ha iniciado el esperado proceso de bajadas de tipos, dejando la tasa de depósito en el 2%. Pero el entusiasmo inicial se ha visto rápidamente moderado por el tono prudente de su presidenta, Christine Lagarde, quien ha señalado que, aunque no se descarta alguna rebaja adicional, el organismo se moverá con cautela en los próximos meses.
El mensaje es claro: esto no es 2020. No estamos ante un escenario de emergencia ni ante una inflación colapsada. La economía europea sigue mostrando signos de enfriamiento, sí, pero también se resiste a caer en recesión. Con una inflación encaminada hacia el objetivo del 2%, pero aún sujeta a riesgos como los aranceles a productos chinos o el encarecimiento de materias primas, el BCE se prepara para un verano de análisis más que de acción.
La hoja de ruta más probable, según las casas de análisis como ING, PIMCO o BlackRock, pasa por una pausa en julio y una posible nueva bajada de tipos en septiembre. Algunos se atreven incluso a anticipar una segunda bajada adicional en diciembre, lo que llevaría el tipo de depósito al 1,5%. Pero este escenario no está garantizado. Todo dependerá de cómo evolucione la inflación, el empleo y, especialmente, el impacto del nuevo proteccionismo comercial, con EE.UU. elevando tensiones en plena campaña electoral.
Desde ING apuntan que la bajada de junio se ha producido gracias a la caída rápida de las presiones inflacionistas, lo que ha permitido al BCE situar los tipos en un terreno más “neutral”. Pero el tono de Lagarde fue más bien el de alguien que sabe que ha hecho una concesión al mercado, no el de quien abre un ciclo expansivo en firme. En palabras de BlackRock, la vida de los banqueros centrales “será más difícil” a partir de ahora.
La comparación con la etapa post-COVID empieza a surgir entre gestores y analistas. Pero hay diferencias notables. En esta ocasión, el BCE no está combatiendo una crisis aguda, sino gestionando una moderación del crecimiento con una inflación que, aunque contenida, sigue por encima del nivel objetivo en algunos componentes clave, como los servicios. Además, las políticas fiscales expansivas en Alemania, Francia o Italia podrían poner más presión sobre los precios.
Lo que preocupa ahora a quienes tienen hipoteca o están pensando en firmar una es la velocidad a la que bajarán los tipos. Aunque el Euríbor ya ha recogido parte de este giro del BCE, bajando desde sus máximos del año pasado, la posibilidad de una larga pausa estival reduce las esperanzas de una caída abrupta a corto plazo. Si el BCE confirma que quiere mantener los tipos más tiempo en niveles cercanos al 2%, el alivio en las cuotas será paulatino.
PIMCO, Fidelity y Aberdeen coinciden en que la tasa terminal de este ciclo se situará entre el 1,5% y el 1,75%. Pero todos subrayan que para que el BCE se mueva más deprisa haría falta una configuración claramente recesiva: caída fuerte del consumo, repunte del desempleo o desplome de la inflación subyacente. De momento, nada de eso está sobre la mesa.
La conclusión que se impone es que el BCE ha abierto la puerta, pero no de par en par. Las bajadas continuarán, pero con pies de plomo. Y cada movimiento estará condicionado por factores geopolíticos y económicos que pueden cambiar con rapidez. El mensaje para los hipotecados es claro: habrá alivio, pero será más gradual de lo que muchos esperaban hace unos meses.
