Durante siete años, Damian Gordon convirtió la basura de otros en el sueño cumplido de muchos: una casa propia. Mientras miles de australianos lidian con un mercado inmobiliario cada vez más inaccesible, este vecino de Nueva Gales del Sur logró reunir más de 450.000 latas y botellas, una a una, hasta alcanzar el monto necesario para pagar la entrada de una vivienda.
Todo empezó en 2017 como una especie de experimento personal. Gordon, que entonces tenía 29 años, comenzó a recoger envases reciclables aprovechando el programa estatal Return and Earn, que ofrece 10 céntimos de dólar australiano por cada recipiente entregado. Sin grandes planes a largo plazo, simplemente siguió recogiendo. Calles, playas, parques y, sobre todo, festivales: donde otros veían desechos, él veía una fuente de ingresos.
En total, acumuló 46.000 dólares australianos, el equivalente a unos 41.000 euros. Con ese dinero dio el paso más difícil para muchos jóvenes: cubrir el depósito inicial de una vivienda. La casa que compró es modesta, una antigua choza de pescadores de dos habitaciones en la costa central de Nueva Gales del Sur, pero para él representa mucho más que ladrillos y cemento. Es la prueba tangible de que la constancia —y una buena bolsa para latas— pueden marcar la diferencia.
A pesar de que trabaja a tiempo completo, Gordon dedica buena parte de sus fines de semana a seguir recogiendo envases. No solo por el dinero: asegura que reciclar ya es parte de su estilo de vida. Además, participa como voluntario en eventos musicales, donde combina su afición por la música con su cruzada contra el derroche. “En algunos festivales he llegado a juntar más de 5.000 latas en un solo fin de semana”, cuenta. A eso suma que muchas veces también rescata objetos que otros abandonan: comida enlatada, tiendas de campaña, linternas, incluso sillas y mesas.
Su historia pone en evidencia una doble cara del consumo actual: por un lado, la facilidad con la que se desechan productos útiles; por otro, la posibilidad de construir algo valioso aprovechando lo que la mayoría ignora. “Vivimos en una cultura de usar y tirar”, reflexiona Damian, que prefiere ver el reciclaje no como una solución mágica, sino como una manera práctica de hacer las cosas mejor.
Aunque ya ha alcanzado su meta inicial, no planea dejar esta rutina. Ahora, con la responsabilidad de una hipoteca, su motivación es aún mayor. Y mientras tanto, sigue enviando bolsas repletas de latas a los puntos de reciclaje, una pequeña rutina que, con el paso del tiempo, cambió por completo su vida.
