Por aquí hemos escrito mucho sobre la reducción de días de la semana laboral… o visto de otra manera, por el incremento de los días del fin de semana (Trabajar cuatro días a la semana reduce el estrés, incrementa la productividad y reduce el paroLa semana laboral de cuatro días empieza a aplicarse en Nueva Zelanda con muy buenos resultados o ¿Y si la solución estuviese en los fines de semana de 3 días?) y en general parece una buena idea desde el punto de vista económico y social.

Esto recordábamos en uno de los artículos.

En 1930, el economista John Maynard Keynes escribió en un artículo en el que pronosticaba que al cabo de 100 años –es decir, en 2030–, el crecimiento en el mundo desarrollado se habría detenido porque la gente tendría “suficiente” para llevar una “buena vida”. Las horas de trabajo remunerado se reducirían a tres al día: una semana de quince horas.

Y lo cierto es que, al menos en el largo plazo, cada vez trabajamos menos horas. Casi la mitad que hace siglo y medio, pero seguimos muy muy lejos de las 15 horas semanales profetizadas por Keynes.

Más allá del impacto económico y social que tendría la reducción de la jornada laboral una medida de este tipo quedaría por evaluar otros efectos que seguramente se hayan pasado por alto y el think tank «Autonomy» especializado en el trabajo nos da una clave que podría inclinar la balanza hacia este nuevo modelo.

Dada la actual intensidad de emisión de gases con efecto invernadero que producimos a nivel mundial por hora trabajada, estiman que mantenernos dentro de unos niveles sostenibles nos obligaría a reducir los tiempos de trabajo en casi un 80 por ciento, lo que hace que la nueva semana laboral a tiempo completo sea de sólo nueve horas.

La mera magnitud de esta reducción ilustra que la transformación hacia una economía más sostenible necesita ir más allá de la mera reducción de las industrias y combustibles más contaminantes: en su lugar, necesitamos revaluar nuestro modelo económico y nuestro régimen laboral de manera más fundamental, combinando un movimiento hacia la energía sostenible con una transformación de nuestros sistemas de transporte y una reducción radical de las horas de trabajo.

En lugar de discutir cómo maximizar los beneficios, la crisis climática nos obliga a cambiar la conversación y a plantear la siguiente pregunta: si se tienen en cuenta los niveles actuales de emisiones contaminantes de nuestras economías y los niveles actuales de productividad, ¿cuánto trabajo podemos permitirnos realmente? Como muestra este análisis, incluso en las economías más eficientes y sostenibles no deberíamos ir más allá de una semana laboral de 12 horas  -una cifra cercana a la semana laboral de 15 horas anunciada por John Maynard Keynes- se nos recuerda que una vasta expansión del tiempo de trabajo no laboral debería considerarse menos un lujo y más una urgencia existencial.

En Reino Unido hace poco más de un mes declararon oficilamente el estado de «emergencia climática» y reconocen que el cambio climático es la mayor amenaza existente en todos los ámbitos de la vida, incluida la seguridad nacional, la economía, el bienestar social y el medio ambiente y, por tanto, es necesario tomar medidas urgentes. Una de ellas podría ser la introducción inmediata de una semana de cuatro días como paso de transición: no sólo para mejorar el bienestar y los puestos de trabajo de los trabajadores, sino también para frenar el uso de los recursos y las emisiones de gases de efecto invernadero a fin de garantizar un futuro digno para las generaciones futuras.