Corría el año 1998 y todos estabamos muy emocionados con el euro, tanto que pese a que no lo ibamos a tener en nuestras manos hasta el año 2002, ya se estaban acuñando sus primeras monedas e imprimiendo los billetes.  Esto es lo que se escribía entonces:

Once países de Europa proclamaron ayer por la noche en un histórico paso el nacimiento del euro, la moneda única del Viejo Continente destinada a competir con el dólar y que promete cambiar el mapa económico mundial.

La idea parecía buena y aunque había algunas voces críticas, éstas eran rápidamente acalladas, es lo que tiene ir en contra del pensamiento único. Aprovechando que era uno de los temas de moda, en  Economic Policy, publicaron una serie de artículos en los que se comentaba la introducción del euro, que en ese momento estaba a punto de ocurrir. El artículo quizás más notable es uno con un título un pelín aburrido pero con mucha miga: «¿Estabilidad sin pacto? «Lecciones del patrón oro europeo 1880-1914«. Los autores mostraban paralelismos entre el euro y el patrón oro de finales del s. XIX y principios del s. XX, momento en el que muchos países dentro y fuera de Europa vinculaban sus divisas al oro, siendo, de este modo, parte de una unión monetaria de facto.

13 años después, el resumen del artículo parece una profecía, y vale la pena citarlo íntegramente:

El patrón oro era un sistema de tipos de cambio fijos que ofrecía pocas posibilidades para llevar a cabo políticas monetarias, fuera de suspender la convertibilidad del oro. La integración comercial y la movilidad del capital eran muy elevadas. Vale la pena preguntarse si se pueden extraer lecciones útiles para la Unión monetaria de la experiencia europea durante ese período. Una lección clara es las deudas son importantes. Otro descubrimiento básico es que la estabilidad del patrón oro europeo dependía de la tendencia de precios subyacente. La deflación anterior a 1895 dio lugar a cargas de deuda pública crecientes, que forzaron a algunos países a dejar el sistema. Una vez que se descubrió el oro y la deflación dio paso a la inflación, el servicio real del interés cayó, las deudas crecieron más lentamente y un elevado de convergencia permitió a la mayoría de los países volver al oro. Para la Unión Monetaria Europea, este resultado implica que la estabilidad dependerá de que la política del BCE no sea tan restrictiva. Otras lecciones afectan a la fragilidad de las instituciones ante las profundas dificultades de las finanzas públicas, los riesgos de dejar fuera a países que no han convergido del todo del mercado único, y la existencia de un ciclo virtuoso que incluye bajos tipos de interés reales, crecimiento rápido y desacumulación de deuda.

El clásico patrón oro se puede dividir en dos fases: una fase moderadamente deflacionaria desde 1873 (cuando Alemania se unió al patrón oro) hasta más o menos 1895, y una fase moderadamente inflacionaria desde 1895 hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial. En la fase deflacionaria, la producción mundial de oro se estancó, p.ej. el dinero creció más lentamente que PIB. En Alemania, por ejemplo, los precios cayeron un promedio del 1,7% por año. En la fase inflacionaria se descubrieron yacimientos de oro en Sudáfrica y Australia, y hubo una inflación media de entorno al 2,5% anual,

No disponemos de espacio suficiente aquí para revisar toda la historia del patrón oro, pero no cabe duda de que los años inflacionarios fueron los más prósperos. Las economías nacionales crecieron más rápidamente y disfrutaron de un mayor grado de estabilidad social, con un crecimiento salarial más sólido y menos dificultades en los sectores tradicionalmente más endeudados como el de la agricultura (políticamente bien conectados en aquel momento).

En gran medida, el acuerdo monetario en sí mismo, el patrón oro, era más estable en la fase inflacionaria desde 1895. Antes de esta, solo un núcleo duro de países, incluyendo a Alemania, Francia, los Países Bajos, Bélgica, Escandinavia, pero también los EE.UU. y Gran Bretaña, pudieron movilizar la disciplina macroeconómica que impuso el patrón oro en un entorno deflacionario: p.ej. estancamiento de salarios y estricta disciplina fiscal. Otros países, incluyendo Italia, España, Portugal, Grecia  no pudieron mantener la sujeción al oro, en parte porque la deflación reevaluó las deudas de estos países y el ajuste fiscal policíclico que podría haber sido necesario como consecuencia de ello era políticamente insostenible. Esto es lo que nos comentaba el artículo hace 13 años.:

La deflación obligó a tomar una difícil decisión entre circunstancias de préstamo que se deterioraban y ajustes dolorosos. Los países que comenzaron con niveles de endeudamiento relativamente bajos se pudieron comprometer, permitiendo a su deuda ir un poco a la deriva y aplicando solo ajustes parciales. Pero para aquellos que ya tenían niveles de endeudamiento elevados, como los países del sur de Europa, los costes del ajuste exigidos por la participación continua en el patrón oro podían haber sido muy grandes, en particular debido a que el mecanismo del mercado implicaba que un deterioro sostenido de la deuda pública significaba primas apresuradas para los nuevos préstamos. El coste de oportunidad por formar parte del patrón oro cada vez era más considerable, aumentando la presión para cambiar a finanzas con señoraje, y pasar al papel no convertible a fin de escapar la deflación del oro.

Con la llegada de una inflación moderada esta situación cambió. Italia, por ejemplo, se vio obligada a dejar el patrón oro en 1891, pero volvió a adherirse a él en 1902. Y en la víspera de la Primera Guerra Mundial incluso la económicamente subdesarrollada Rusia estaba en el patrón oro.

¿Qué se puede aplicar de todo esto en nuestros días? El BCE puede complicar o facilitar una solución para la crisis de zona del euro, dependiendo del grado de facilidad o restricción de su política monetaria. Me da la sensación de que la obsesión de Trichet por luchar contra la inflación realmente le ha servido para luchar contra el crecimiento.

La historia nos cuenta, que un entorno inflacionista unido a congelaciones salariales haría posible una devaluación interna de aquellos países necesitados de una mejora de su competitividad externa en muy poco  tiempo. Además, de algún modo, una inflación mayor mejoraría la dinámica de las deudas existentes. En general, un objetivo de inflación ambicioso puede ser apropiado para una economía homogénea como Alemania (antes de la unificación), pero no para una unión monetaria tan heterogénea como esta, en la cual los países tendrán que pasar por procesos de devaluación interna repetidas veces. Asimismo, La devaluación interna de principios y mediados de los años 2000 podría haber sido menos dolorosa si la inflación hubiera sido algo mayor.

Cuando menos: mientras no superemos la crisis de la zona del euro, el BCE debería, en caso de duda, adoptar una política más acomodaticia, no restrictiva. Esperemos que Mario Draghi tome nota de la historia y no se quede sólo con la hiperinflacción alemana que tanto quitaba el sueño a Tricher.