El otro día, Barry Ritholtz uno de los personajes más influyentes de Wall Street publicó un listado con los «Cisnes negros» de los últimos 100 años:

Como es lógico, la mayoría de ellos son acontecimientos naturales del todo impredecibles. Sin embargo, los más dañinos en lo económico son de carácter humano, algunos impredecibles (e ¿inevitables?) como son los actos terroristas y otros bastante predecibles (y evitables) como los relacionados con la reciente crisis financiera o distintos cracks bursátiles.

Todavía no está claro el impacto económico del terremoto que asoló a Japón hace algo más de 10 días, ayer mismo el Banco Mundial dio sus cifras en las que calcula que estará entre los 122.000 y los 235.000 millones de dólares, lo que equivale entre el 2,5 y el 4% del Producto Interior Bruto (PIB) nipón. Decir que van desde el 2.5% hasta el 4% no es afinar demasiado y es que a pesar de la avalancha de desastres catastróficos de la última década (el maremoto del este asiático de 2004, el terremoto de Cachemira de 2005 y el terremoto de Sichuan en 2008, por nombrar algunos), tenemos un conocimiento bastante limitado de los posibles efectos macroeconómicos de estos acontecimientos.

Muchos tenemos la sensación de que las catástrofes naturales son ahora mucho más habituales que hace años, como si la madre tierra nos estuviese castigando, esto puede deberse a que ahora tenemos muchos más datos y un mejor acceso a la información, sin embargo, los desastres realmente grandes no muestran una tendencia parecida.

Fuente: Cavallo et al. (2010).

Daños directos de los desastres naturales

Los daños directos (básicamente destrucción de activos) son normalmente mayores en países menos desarrollados y en países con una capacidad institucional debilitada. Una comparativa de los daños ocasionados por los terremotos de 2010 en Haití y Chile, demuestran fácilmente esta situación, los resultados son espectacularmente distintos, 240.000 personas fallecidas del primero comparadas con las aproximadamente 500 del segundo. Esa es la razón por  la que las desgracias se ceban más en los países pobres. Triste pero cierto.

Daños indirectos a corto y largo plazo

Los daños indirectos de un desastre natural hacen referencia a su efecto sobre la actividad económica, en concreto, la producción de bienes y servicios, que no tendrá lugar después del desastre y como consecuencia de él. Estos daños indirectos pueden estar ocasionados por los daños directos a las infraestructuras materiales (por ejemplo, el daño a la flota pesquera de Japón), o porque la reconstrucción demanda recursos antes utilizados para la producción (por ejemplo, los problemas sufridos por varios sectores como consecuencia de apagones móviles establecidos para redirigir la electricidad a las zonas afectadas).

Como consecuencia de varios proyectos recientes de investigación (p.ej. un proyecto del Banco Mundial), los resultados sobre los efectos de crecimiento a corto plazo de los desastres parecen bastante claros por ahora. Los países con mayores rentas per capita, mayor tasa de alfabetización y mejores instituciones no solo son menos vulnerables al efecto inicial del desastre, sino que su macroeconomía también se ve menos afectada. En concreto, no hay pruebas en datos recientes que muestren los grandes desastres naturales tengan un efecto negativo medible sobre la economía nacional de los países desarrollados ricos como Japón. Sien embargo, los países pobres menos desarrollados se enfrentan a importantes costes a corto plazo derivados de los desastres, y estos se pueden traducir en importantes pérdidas de ingresos.

No hay demasiados estudios sobre los efectos a largo plazo y los pocos que hay no muestran resultados concluyentes. Los intentos más recientes de evaluar el efecto a largo plazo de los desastres sobre el PIB sugieren que no hay pruebas de efectos negativos e incluso algunos argumentan que los desastres proporcionan un impulso para las dinámicas de «destrucción creativa» que dan lugar a un mayor crecimiento. Si bien esto va en contra de la teoría económica (como el ejemplo del cristal roto) a veces nos llevamos grandes sorpresas.

Y ¿qué pasa con Japón?

Teniendo en cuenta las conclusiones antes descritas, podemos intuir que los probables efectos indirectos de este espantoso terremoto sobre el crecimiento de la economía japonesa será bastante pequeño (algo que ya comentamos por aquí hace una semana). El gobierno japonés y la población japonesa tienen acceso a grandes cantidades de recursos humanos y financieros, que se pueden dirigir hacia una reconstrucción rápida y sólida de la zona afectada. Tampoco tenemos pruebas que sugieran que el terremoto pueda tener algún efecto monetario duradero.

Esta observación, sin embargo, no excluye efectos regionales duraderos. Apenas hay investigaciones sobre esta cuestión, pero algunas pruebas previas sugieren que un desastre natural grande parecido puede tener consecuencias importantes en la región. Una predicción ampliamente mencionada es que la población de Nueva Orleans probablemente no se recupere del enorme éxodo de gente que se produjo después del huracán Katrina. Un descenso parecido y aparentemente semipermanente de la población se puede observar en una isla hawaiana que se vio afectada por un huracán destructivo en 1992.

Por supuesto, además de estos efectos regionales permanentes potenciales, este desastre puede tener efectos sobre otros agregados macroeconómicos. La expansión fiscal que tendrá lugar después del desastre aumentará aún más los niveles de deuda del gobierno japonés, pero debido a que en gran medida esta deuda permanece en Japón, y que los hogares (en particular los hogares condicionados por los créditos) probablemente se «aprieten los cinturones» y reduzcan el consumo temporalmente, estos otros efectos es probable que tampoco duren.

Como véis la importancia de tener una economía robusta, una moneda fuerte y una población que no se desanima permitirá a Japón sobrevivir a otra catástrofe más de su historia.