La guerra y el PIB
Ayer Droblo nos mostró una sorprendente tabla que mostraba como en plena segunda guerra mundial el PIB de los aliados creció de una manera brutal. En el caso de EEUU en 1944 la tasa de desempleo era sólo del 1.4%, la más baja de su historia. Así que muchos se preguntarán ¿No habrá tentaciones de arreglar la actual crisis económica mediante un conflicto bélico?.
La idea básica de esta teoría viene a ser que la preparación de una guerra requiere gran inversión pública. Por ejemplo, se necesitan más soldados los cuales a su vez necesitan botas, alimentos, transporte, medicinas, etc. ésto a su vez generará mucho negocio en los sectores relacionadas con la fabricación y comercialización de estos productos que debido al repentino incremento de la demanda se verían obligados a contratar personal extra y así comenzaríamos un ciclo virtuoso que empujaría la economía del país. Por otro lado, si además la guerra se celebra en un escenario lejano la gente se animaría a consumir más ya que el miedo a la recesión y pérdida de trabajo desaparece.
Mucho se ha debatido en la historia sobre este tema y no creo que pueda aportar nada nuevo, así que veamos que nos cuenta el clásico libro de economía “Economía en una lección” de Henry Hazlitt y publicado en 1946, poco después del final de la segunda guerra mundial.
Supongamos que un golfillo lanza una piedra contra el escaparate de una panadería. El panadero aparece furioso en el portal, pero el pilluelo ha desaparecido. Empiezan a acudir curiosos, que contemplan con mal disimulada satisfacción los desperfectos causados y los trozos de vidrio sembrados sobre el pan y las golosinas. Pasado un rato, la gente comienza a reflexionar y algunos comentan entre sí o con el panadero, que después de todo la desgracia tiene también su lado bueno: ha de reportar beneficio a algún cristalero.
Al meditar de tal suerte elaboran otras conjeturas. ¿Cuánto cuesta una nueva luna? ¿Cincuenta dólares? Desde luego es una cifra importante, pero al fin y al cabo, si los escaparates no se rompieran nunca, ¿qué harían los cristaleros? Por tales cauces la multitud se dispara. El vidriero tendrá cincuenta dólares más para gastar en las tiendas de otros comerciantes, quienes, a su vez, también incrementarán sus adquisiciones en otros establecimientos, y la cosa seguirá hasta el infinito. El escaparate roto irá engendrando trabajo y riqueza en artículos cada vez más amplios. La lógica conclusión sería, si las gentes llegasen a deducirla, que el golfillo que arrojó la piedra, lejos de constituir díscola amenaza, convertiríase en un auténtico filántropo.
Pero sigamos adelante y examinemos el asunto desde otro punto de vista. Los que presenciaron el suceso tenían, al menos en su primera conclusión, completa razón. Este pequeño acto de vandalismo significa, en principio, beneficios para algún cristalero, quien recibirá la noticia con satisfacción análoga a la del dueño de una funeraria que sabe de una defunción. Pero el panadero habrá de desprenderse de cincuenta dólares que destinaba a adquirir un traje nuevo. Al tener que reponer la luna se verá obligado a prescindir del traje o de alguna necesidad o lujo equivalente. En lugar de una luna y cincuenta dólares sólo dispondrá de la primera o bien, en lugar de la luna y el traje que pensaba comprar aquella misma tarde, habrá de contentarse con el vidrio y renunciar al traje. La comunidad, como conjunto, habrá perdido un traje que de otra forma hubiera podido disfrutar; su pobreza se verá incrementada justamente en el correspondiente valor.
En una palabra, lo que gana el cristalero lo pierde el sastre. No ha habido, pues, nueva oportunidad de «empleo». La gente sólo consideraba dos partes de la transacción: el panadero y el cristalero; olvidaba una tercera parte, potencialmente interesada: el sastre. Este olvido se explica por la ausencia del sastre de la escena. El público verá reparado el escaparate al día siguiente, pero nunca podrá ver el traje extra, precisamente porque no llegó a existir. Sólo advierten tales espectadores aquello que tienen delante de los ojos.
Como bien concluye ese capítulo, la necesidad no es demanda, la verdadera demanda económica requiere no sólo necesidad, sino también poder de compra, por más que nos empeñemos o se empeñen en ello.
El dinero extra gastado en la guerra o en la ventana rota es dinero que no se gastará en otras cosas y proviene de una combinación de los siguientes factores::
- Incremento de impuestos (Subida de precios en el caso del sastre)
- Menor gasto en otras áreas (Menor inversión del sastre)
- Incremento de la deuda
Como podéis imaginar, a largo plazo, ninguno de estos tres puntos, por muy bien que los mezclemos tiende a contribuir hacia un crecimiento económico saludable. Lo cual no quiere decir que ciertos sectores si se beneficien, pero el país en general no lo hace. Si os fijáis, actualmente en España estamos en una situación bastante similar en la cual se ha optado casi por un “economía de guerra, sin guerra” con un enorme incremento de la inversión pública pero que lamentablemente no viene acompañada de un poder de compra por parte de los ciudadanos.
Escrito por Carlos Lopez el 17 de noviembre de 2009 con
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¿Quién tiene la culpa de la crisis?
Las recriminaciones se suceden: que si la culpa la tuvo Bush, que si la tuvieron los banqueros, que si los constructores, que si el Gobierno, que si la tuvimos todos por gastar tanto y no ahorrar, etc. Ha habido acusaciones para todos los gustos y no habría espacio aquí para examinarlas todas. A lo que quiero referirme ahora es a varios artículos aparecidos en estas páginas atribuyendo al sistema…