La locura del dólar (American Madness) es una película dirigida por Frank Capra en 1931, quince años antes de que apareciera su clásico navideño  ¡Qué bello es vivir! . Si bien, ambas películas parten de sendos pánicos bancarios, me voy a centrar en la primera por lo sinisetro de su historia y por la época en la que se rodó, cuando los bancos cerraban por cientos, bueno por cientos no, por miles….

Para hacernos una idea de lo que se cocía entonces, veamos gráficamente cuántos bancos ha cerrado cada año desde 1921 hasta el 2009.

Trás esta gráfica obligada, ya que esto es un blog de economía, paso a contaros la trama de la película.

Walter Huston interpreta a un banquero populista que ha dedicado veinticinco años a construir el Union National Bank, una próspera institución.

Pero su cajero jefe, un granuja, ha perdido 50.000$ en el juego. Amenazado por un mafioso, el cajero se las arregla para que la cámara acorazada se quede abierta a medianoche y que se culpe a un subordinado de ello. Matan a un vigilante nocturno en el robo.

Resulta evidente que se trataba de un trabajo desde dentro. El pánico empieza a la mañana siguiente, cuando el operador telefónico del banco, normalmente aburrido, llama a un amigo para informarle de que han robado el banco y que ha desaparecido determinada suma de dinero. La confusión crece a lo largo del día, al igual que la cantidad que se dice que ha desaparecido. Los rumores se propagan rápidamente.

Por la tarde el pánico se ha extendido totalmente. Se forman corrillos en las aceras fuera del banco. Sus directores, inversores cuyo capital está en riesgo, quieren vender el Union National a New York Trust, que reclamará muchos de sus préstamos. Su presidente, de buen corazón, en cambio, amenaza con cerrar sus puertas (y acabar con las inversiones de los directores). Es un momento terrible, complicado por la supuesta infidelidad de la mujer del presidente. Los detalles, conversaciones telefónicas, escenas de la multitud, las tácticas del cajero, el mecanismo de la propia cámara acorazada, son intensos.

El pánico acaba únicamente cuando los pequeños empresarios que se han beneficiado durante años de las políticas de préstamo del banco empiezan a aparecer para depositar el dinero que han ganado con el sudor de su frente como muestra de confianza. El pánico amaina tan rápido como empezó. Se resuelve el delito, el matrimonio se arregla. Al final de la película, el operador telefónico vuelve a estar aburrido.

Aquí hay todo lo necesario para entender a grandes rasgos la reciente crisis financiera, al menos el pánico que precipitó lo que se ha convertido en una larga depresión. El sector de las hipotecas basura es el homólogo de los mafiosos y el cajero deshonesto. Aquellos que apostaron a que el sector inmobiliario se iba a ir a pique (comprando los famosos CDS) , eran el equivalente al operador telefónico, fueron ellos lo que llamaron la atención sobre el problema (mientras que las técnicas de corte y empaquetado, conocidas como el negocio de titulización dificultaron mucho saber en quién confiar).

El pánico, sin embargo, solo comenzó cuando las pérdidas se reconocieron públicamente, es decir, cuando a Lehman Brothers se le permitió quebrar (a diferencia de Bear Stearns, unos meses antes), disparando los miedos por la solvencia de casi todos los demás dentro del sistema, y provocando una serie intrincada de acontecimientos durante meses. Y no fueron los pequeños empresarios los que resolvieron la situación en 2008, sino el Congreso de los EE.UU. y el Consejo de la Reserva Federal, mostrando una buena disposición a prestar (a un tipo de penalización) a cualquiera que necesitara ayuda (e incluso a los que no la necesitaban) hasta que el pánico cedió. Hubo, por supuesto, muchos más argumentos secundarios en la crisis del mundo real que en la película. Pero los acontecimientos clave están bastante bien conectados el uno con el otro…. y eso que han pasado 80 años.