El dólar estadounidense ha iniciado el mandato de Donald Trump con la mayor caída semestral de su historia desde que se creó el índice Dollar Index en 1973. En solo seis meses, la divisa se ha depreciado más de un 10% frente a una cesta de las principales monedas internacionales. La causa no es una sola, sino una tormenta de medidas fiscales, comerciales y monetarias que han sembrado dudas entre los inversores sobre la estabilidad económica futura de Estados Unidos.
Entre los movimientos más relevantes está la firma de la llamada One Big Beautiful Bill Act, una ley presupuestaria aprobada justo antes del 4 de julio y que combina nuevas partidas de gasto con una prórroga de los recortes fiscales de 2017. Este impulso al gasto, sin contrapartidas claras, preocupa por su efecto sobre el déficit federal, que ya supera los dos billones de dólares anuales.
A esta política expansiva se suma el fin de la moratoria de 90 días a los aranceles recíprocos anunciados por Trump en abril. Solo unos pocos países han conseguido cerrar acuerdos para evitarlos. Los demás podrían enfrentarse a tarifas incluso más duras que las anunciadas inicialmente. Esto ha desatado incertidumbre comercial en un momento en que el crecimiento global ya muestra signos de fatiga.
El mercado interpreta que estos cambios fiscales y comerciales, combinados con la posibilidad de que la Reserva Federal recorte tipos para sostener el crecimiento, reducen el atractivo de los activos en dólares. Al mismo tiempo, suben las probabilidades de más inflación por el encarecimiento de las importaciones, en un contexto de dólar débil.
La depreciación no es sólo una cuestión financiera. Afecta directamente al bolsillo. Los productos importados suben de precio, lo que erosiona el poder adquisitivo y puede disparar el IPC en los próximos meses. También encarece los viajes al extranjero y puede complicar a los hogares la compra de bienes duraderos fabricados fuera del país.
Por otro lado, un dólar más débil favorece a los exportadores estadounidenses, al hacer sus productos más baratos en el exterior. Es justo uno de los objetivos explícitos del equipo económico de Trump: reducir el déficit comercial impulsando la competitividad vía divisa.
El debate interno no es menor. Mientras figuras como el presidente del Consejo de Asesores Económicos, Stephen Miran, han defendido públicamente que el dólar está «sobrevalorado» y perjudica a la industria nacional, otros como el secretario del Tesoro, Scott Bessent, siguen apostando por un dólar fuerte como símbolo de liderazgo económico y estabilidad global.
Esta tensión se da además en un momento delicado a nivel geopolítico, con los países del bloque BRICS explorando la posibilidad de crear una moneda de reserva alternativa. Aunque hoy el dólar sigue siendo el 60% de las reservas mundiales, los movimientos hacia una cesta multimoneda como reserva empiezan a cobrar fuerza en algunos foros internacionales.
Pese a la volatilidad reciente, la mayoría de los analistas coinciden en que la presión bajista sobre el dólar continuará en lo que queda de 2025. Y si las políticas fiscales y comerciales no viran pronto hacia un terreno más previsible, es probable que esta tendencia se prolongue también en 2026.
