El acceso a la vivienda en España lleva años en entredicho, pero en ciudades como Madrid empieza a tomar un cariz distorsionado. Comprar o alquilar un piso en la capital se ha convertido en una carrera de obstáculos donde la oferta es insuficiente y la demanda no cede. El resultado: precios que se disparan y un horizonte que, según algunos expertos, no augura tregua.
Pau Antó, economista y conocido inversor inmobiliario, ha lanzado un aviso a navegantes que ha encendido las alarmas entre sus seguidores: en 2050, un piso medio en Madrid podría costar hasta dos millones de euros. Y no, no se refiere al barrio de Salamanca. Antó advierte de que esa cifra podría aplicarse incluso a zonas periféricas si el ritmo actual se mantiene.
Más allá de la provocación mediática de la cifra, el diagnóstico se sustenta sobre una base difícil de ignorar: la pérdida constante de valor del dinero debido a la inflación. Como recuerda el propio Antó, hace unas décadas era habitual comprar una vivienda por entre uno y tres millones de pesetas, unos 6.000 a 18.000 euros al cambio. Hoy, ese mismo inmueble puede superar sin problemas los 300.000 euros.
Los datos lo avalan. Según el INE, el precio medio del metro cuadrado en la Comunidad de Madrid se ha incrementado más de un 42% en la última década, y el Banco de España lleva tiempo alertando del desajuste entre los salarios reales y el coste de adquirir una vivienda. En paralelo, los tipos de interés elevados y la inflación persistente complican aún más el panorama.
La tesis de Antó no es nueva en los círculos financieros: frente a la inflación, los activos reales —como la vivienda— son una forma de protección y de potencial rentabilidad. «Mientras otros compran cosas, tú puedes comprar activos», resume el economista. Aunque admite que las acciones también son una opción, defiende que el ladrillo sigue proporcionando una rentabilidad más alta a largo plazo, sobre todo si se tiene en cuenta la revalorización de los inmuebles con el tiempo.
Lo cierto es que su visión no va desencaminada. Según datos de Tinsa, en ciudades como Barcelona, Madrid o Palma de Mallorca, los precios se han multiplicado entre cinco y siete veces desde los años 80. El problema es que ese tipo de rentabilidad pasada no garantiza resultados futuros, y mucho menos para quienes acceden ahora al mercado en un entorno restrictivo.
Para los hipotecados actuales, esta evolución tiene doble filo. Por un lado, si ya se es propietario, la inflación juega a favor del valor del activo. Por otro, las nuevas compras conllevan cuotas cada vez más elevadas, sobre todo con los tipos de interés aún lejos del 0%. Aunque el euríbor ha mostrado cierta moderación en los últimos meses, sigue en torno al 3,7% —muy lejos del entorno ultraexpansivo de la última década—.
Y si los sueldos no acompañan, el problema se agudiza. Según Funcas, los salarios reales han perdido poder adquisitivo acumulado desde 2021, y la presión fiscal no deja demasiado margen al ahorro. Comprar un piso como refugio contra la inflación puede sonar razonable en la teoría, pero en la práctica cada vez menos hogares pueden permitírselo.
Antó remata su exposición con un ejemplo concreto: una vivienda en Barcelona adquirida por 3.000 euros hace 40 años fue vendida recientemente por casi 300.000. ¿Burbuja o lógica de mercado? Su visión es clara: el ladrillo no solo conserva el valor, sino que lo multiplica si se sabe esperar.
Mientras tanto, para miles de familias jóvenes en Madrid, la pregunta no es cuánto valdrá una casa en 2050, sino si podrán permitirse una en 2025.
