Cuando el director de la CIA, John Ratcliffe, comparó hace unos meses la inteligencia artificial con un «arma nuclear digital», muchos lo interpretaron como una exageración retórica más, de las muchas que circulan en el debate sobre los riesgos de esta tecnología. Un estudio publicado esta semana, y recogido por The New York Times, sugiere que la metáfora se queda corta en un sentido muy concreto: la IA ya no es solo una amenaza teórica en manos del terrorismo. Es, desde hace al menos dos años, una herramienta de trabajo cotidiana para Boko Haram, uno de los grupos yihadistas más letales del planeta.
La autora del hallazgo es Antonia Jülich, investigadora del Cambridge Programme on AI Science and Policy, que ha pasado los últimos dos años entrevistando cara a cara a 27 antiguos miembros de Boko Haram y de su escisión más activa, ISWAP (Provincia del Estado Islámico en África Occidental), en un total de 57 encuentros. El resultado es el retrato más detallado hecho público hasta la fecha de cómo un grupo terrorista integra en su día a día los mismos chatbots que millones de personas usan para redactar correos o planificar un viaje: ChatGPT, Claude, Gemini, Grok, Meta AI y DeepSeek, sin distinción de marca ni de origen geográfico.
Un asistente técnico, no un generador de propaganda
Durante años, la relación entre yihadismo e inteligencia artificial se había estudiado casi en exclusiva desde el ángulo de la propaganda: vídeos manipulados, imágenes generadas para reclutar simpatizantes, traducciones automáticas de comunicados. El trabajo de Jülich desplaza el foco hacia un terreno mucho más inquietante: el de la IA como asesor técnico en operaciones reales.
El ejemplo que ha recorrido medio mundo esta semana ilustra bien el salto cualitativo. Un comando de Boko Haram había fracasado en el asalto a una base militar porque no logró sortear una trinchera defensiva. La respuesta del grupo no fue abandonar el objetivo, sino investigar. Inspirados por una escena de película en la que unas motos saltaban sobre un puente, preguntaron a un chatbot cómo modificar sus propias motocicletas para conseuir el mismo efecto: qué piezas cambiar, qué distancia necesitaban cubrir. El sistema respondió con instrucciones concretas. Los mecánicos del grupo ajustaron después la aceleración y la velocidad de los vehículos, y los combatientes ensayaron el salto —con víctimas mortales incluidas durante los ensayos, según los propios desertores— hasta perfeccionar la maniobra y repetir el ataque con éxito.
No fue un caso aislado. Según el estudio, los combatientes recurrían al chatbot también para diseñar explosivos improvisados, reparar armamento defectuoso o mejorar la potencia de sus cargas: uno de los entrevistados explicó que sus bombas ganaron capacidad destructiva después de que la IA les indicara qué combinación de sustancias químicas utilizar.
De la curiosidad individual a la unidad especializada
Lo más revelador del estudio quizá no sea el uso técnico en sí, sino su grado de organización. Esto no describe a un puñado de combatientes trasteando por su cuenta con un móvil robado. Desde 2023, según los testimonios recogidos, operativos vinculados a Estado Islámico han impartido formación presencial a mandos seleccionados de Boko Haram, enseñándoles técnicas de prompting y de jailbreak para esquivar los filtros de seguridad de los modelos. Ambas facciones del grupo han acabado creando unidades internas dedicadas en exclusiva al manejo de estas herramientas, con sesiones formativas que llegaron a incluir proyectores para explicar el funcionamiento de la tecnología a la cúpula.
Esa institucionalización tiene una consecuencia práctica: los combatientes con más experiencia no dependen de un único proveedor. Comparan respuestas entre varias plataformas y descartan aquellas que se niegan a colaborar, en busca siempre de la que ofrezca la información más útil. Cuando un chatbot bloquea una petición, basta con formularla de otra manera —por ejemplo, alegando que la información es para un guion de cine o un proyecto académico— o simplemente cambiar de aplicación.
Lo que dicen —y lo que no dicen— las tecnológicas
Preguntadas por el Times, las principales compañías del sector reaccionaron con el lenguaje habitual en estos casos. OpenAI aseguró que usar sus productos para apoyar el terrorismo viola frontalmente sus políticas de uso y que sigue reforzando sus salvaguardas. Google y Anthropic ofrecieron respuestas en la misma línea, subrayando que sus modelos están diseñados para rechazar peticiones peligrosas y que las protecciones se actualizan de forma constante. Meta matizó que buena parte de la investigación documenta el uso de versiones antiguas de sus sistemas, ya superadas por controles más estrictos.
Son respuestas previsibles, y probablemente sinceras en cuanto a la intención. El problema, como recuerda el propio estudio, es que ninguna empresa controla lo que ocurre cuando un usuario decidido dispone de varias cuentas, varios proveedores y la paciencia necesaria para probar hasta encontrar la grieta. Daniel Byman, especialista en terrorismo de Georgetown y coautor de un informe paralelo del Center for Strategic and International Studies publicado la misma semana, lo resume con una expresión que define bien el problema de fondo: los grupos terroristas «mezclan y combinan» sistemas de IA distintos precisamente para esquivar las barreras técnicas que cada compañía instala por separado. Ninguna salvaguarda individual sirve de mucho si el atacante simplemente cambia de aplicación en cuanto tropieza con un muro.
¿Y ahora qué? El verdadero riesgo está por llegar
Conviene no perder la perspectiva: ni el propio estudio ni los expertos consultados sostienen que la IA esté transformando de raíz la naturaleza del terrorismo, al menos por ahora. El consenso entre los analistas es que estas herramientas funcionan sobre todo como un acelerador de capacidades ya existentes: ayudan a que combatientes con poca formación técnica hagan mejor —y más rápido— lo que antes requería años de aprendizaje artesanal o el acceso a un especialista dentro de la organización.
Pero es justo ese efecto multiplicador el que más preocupa a los especialistas en seguridad. Varios de los exmiembros entrevistados por Jülich describieron un entusiasmo genuino del grupo por estas herramientas, y algunos reconocieron que Boko Haram había contemplado en el pasado la posibilidad de recurrir a armas capaces de causar víctimas masivas. Es esa combinación —adopción entusiasta de la tecnología más ambición de daño a gran escala— la que convierte este estudio en algo más que una curiosidad periodística: es una advertencia temprana sobre el riesgo, todavía hipotético pero cada vez menos remoto, de que organizaciones terroristas busquen en la IA asistencia para desarrollar armas químicas o biológicas.
El estudio termina con una cita que condensa mejor que cualquier análisis la magnitud del cambio cultural que describe. Preguntado por el papel que juega la tecnología en la guerra del grupo, un excomandante respondió sin ninguna ironía: «Dios nos ha ayudado, y la IA también lo hará». Que un yihadista sitúe a un chatbot casi al mismo nivel que la providencia divina en su relato de la lucha armada dice, probablemente, más sobre el futuro del terrorismo que cualquier informe técnico.

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