Directivos horrorizados: la factura mensual de la IA supera el ahorro de personal

Directivos horrorizados: la factura mensual de la IA supera el ahorro de personal 1

La idea parecía imbatible en las reuniones de dirección. Se compra una licencia de software, se prescinde de unas cuantas decenas de redactores, programadores o administrativos, y la máquina se queda trabajando las veinticuatro horas del día sin pedir vacaciones ni bajas médicas. Sin embargo, el plan maestro de sustituir empleados por inteligencia artificial se está topando con una barrera imprevista y bastante prosaica: la factura de la luz y del procesamiento de datos de las tecnológicas.

Durante la primera etapa de la fiebre automatizadora, los proveedores de modelos de lenguaje ofrecieron tarifas planas muy baratas. Era la clásica estrategia de manual para ganar cuota de mercado rápido, asumiendo pérdidas mientras acostumbraban a las corporaciones a depender de sus servicios. Ahora que el consumo se ha generalizado, las tecnológicas han cortado el grifo de las subvenciones implícitas y han impuesto el pago por uso real. Cada pregunta, cada informe generado y cada línea de código revisada consume recursos en centros de datos masivos que exigen una cantidad brutal de energía y microchips de última generación. Al pasar al cobro por uso, el coste se ha disparado.

Una encuesta global de la consultora KPMG a más de dos mil altos directivos en veinte países revela un panorama desconcertante. Casi un tercio de los encuestados admite que no tiene la menor idea de dónde vienen los gastos crecientes asociados a estas herramientas. Otro tercio reconoce que la falta de control y el desconocimiento absoluto sobre cómo funciona la economía de la computación se han convertido en el principal obstáculo para seguir adelante con sus planes de automatización. Las empresas compraron la tecnología como si fuera un electrodoméstico que se enchufa y listo, olvidando que la infraestructura que sostiene estos modelos requiere un mantenimiento financiero constante.

Esta falta de previsión encaja con lo que los propios empleados ven en sus puestos de trabajo cotidianos. La dirección suele adoptar estos sistemas por miedo a quedarse atrás o para contentar a los accionistas con promesas de ahorro inmediato, sin entender la letra pequeña del despliegue técnico. Además, la realidad operativa demuestra que las herramientas actuales cometen demasiados errores de bulto si se las deja solas. Al final, las empresas descubren que necesitan mantener a profesionales cualificados para revisar, corregir y supervisar todo lo que produce la máquina, lo que duplica los costes en lugar de reducirlos.

A pesar de los patinazos financieros, la amenaza del despido tecnológico se sigue utilizando en los despachos como una medida de presión psicológica. Mantener viva la idea de que un algoritmo puede hacer el trabajo de cualquiera sirve para frenar las peticiones de subidas salariales, congelar los beneficios sociales y debilitar la posición de los comités de empresa en las negociaciones de los convenios. Aunque el software sea ineficiente y caro, el relato corporativo de la automatización total cumple su función de mantener a las plantillas a la defensiva.

El problema es que los números ya no cuadran. Mantener una infraestructura tecnológica con costes variables imprevistos está resultando más gravoso para muchas compañías que gestionar equipos humanos estables. Los presupuestos trimestrales empiezan a reflejar que la informática de vanguardia es un pozo sin fondo si se utiliza de manera masiva y sin control, obligando a los directores financieros a replantearse si de verdad sale a cuenta intentar cambiar a personas reales por servidores remotos.

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