La Universidad de Chicago ha anunciado recientemente que, a partir del otoño de 2027, ofrecerá matrícula gratuita a los estudiantes de grado cuyas familias ingresen menos de 250.000 dólares al año. Para quienes no superen los 125.000 dólares, la universidad cubrirá además el alojamiento, las comidas y el resto de tasas. La cifra, leída desde España, produce un pequeño vértigo: 250.000 dólares son más de diez veces el salario medio anual de un trabajador español. Y, sin embargo, en el discurso de una de las universidades más exigentes del mundo, esa frontera se describe como el umbral de las «familias de renta media».
No es un error de redacción ni una exageración de marketing universitario. Es el síntoma de un fenómeno que los economistas llevan dos décadas documentando con creciente alarma: la economía estadounidense se ha ido despegando de la europea, y con ella el poder adquisitivo de sus ciudadanos. Lo que en Estados Unidos se considera una renta acomodada pero no rica, en Europa pertenece ya a una élite muy minoritaria.
Una decisión que ilumina un abismo
El gesto de Chicago no es aislado. La universidad destina más de 225 millones de dólares anuales a ayudas a estudiantes de grado —el doble que en 2011— y el paquete medio de ayuda financiera supera ya los 75.000 dólares por alumno. Que una institución privada pueda permitirse regalar la matrícula a familias que ingresan un cuarto de millón de dólares dice mucho tanto de sus enormes recursos como del nivel de renta que considera «normal» entre las familias a las que aspira a atraer.
Para situar la cifra: la renta mediana de los hogares estadounidenses en 2024 fue de 83.730 dólares, según la Oficina del Censo de EE. UU. El umbral de los 250.000 dólares equivale, por tanto, a unas tres veces esa mediana. Es una renta alta, sí, pero el simple hecho de que una universidad la trate como candidata a la gratuidad refleja hasta qué punto los ingresos en la cúspide de la clase media norteamericana se han disparado por encima de los referentes europeos.
Los números de la divergencia
La comparación más fiable entre economías no se hace con tipos de cambio de mercado, sino ajustando por paridad de poder adquisitivo (PPA), que corrige las diferencias de precios entre países. Y ahí el contraste es contundente.
Según el Fondo Monetario Internacional, el PIB per cápita de Estados Unidos en términos de PPA ascendía a unos 86.600 dólares en 2024, frente a una media de la Unión Europea de unos 62.700 dólares. La eurozona se quedaba en torno a los 56.300 dólares y el conjunto de la UE en unos 54.300. Dicho de otro modo: el ciudadano estadounidense medio dispone de en torno a un 40% más de capacidad de compra que el europeo medio, una vez igualadas las diferencias de precios.
El dato que mejor resume la magnitud de la fractura procede del informe que Mario Draghi entregó a la Comisión Europea en 2024. Según ese diagnóstico, la brecha de PIB entre Estados Unidos y la Unión Europea pasó de algo más del 15% en 2002 a cerca del 30% en 2023, medida a precios constantes de 2015. En términos per cápita la diferencia se ha mantenido algo más estable —en torno al 34% en 2023— porque la población estadounidense ha crecido más deprisa que la europea, pero el sentido del movimiento es inequívoco: durante dos décadas, Europa ha perdido terreno año tras año.
El propio análisis de Draghi atribuye alrededor del 70% de esa diferencia de renta per cápita a la menor productividad europea, y el resto al menor número de horas trabajadas. Es decir, el europeo no solo produce menos por hora: también trabaja menos horas, en parte por elección social —más vacaciones, jornadas más cortas, jubilaciones más tempranas— y en parte por las rigideces de unos mercados laborales que en países como España conviven con un desempleo crónicamente elevado.
Mississippi contra Alemania
Quizá la imagen más reveladora de esta divergencia sea estatal. El estado más pobre de Estados Unidos, Mississippi, registra un PIB per cápita superior al de cuatro de las cinco grandes economías europeas, y solo queda ligeramente por debajo de Alemania, con una diferencia de apenas 1.500 euros. Ajustado por paridad de poder adquisitivo, el PIB per cápita estadounidense supera al de todos los países de la Unión Europea salvo Luxemburgo e Irlanda, dos casos atípicos cuyas cifras están infladas por su condición de centros financieros y fiscales.
La traducción de esto al bolsillo cotidiano resulta incómoda para el orgullo europeo. Diversos análisis han señalado que el 20% más pobre de los hogares estadounidenses ingresa más que la mayoría de los trabajadores españoles, y que la renta que en Estados Unidos define a un hogar de bajos ingresos colocaría a esa misma familia, en España, dentro del quintil más acomodado. Conviene matizar: Estados Unidos presenta una desigualdad mucho mayor, un coste de la sanidad y la educación que en Europa cubren en gran medida los servicios públicos, y una red de protección social más frágil. Pero incluso descontando esos factores, la diferencia de capacidad de compra de la renta del hogar medio se ha ensanchado de forma persistente a favor del lado americano.
Por qué Europa se ha quedado atrás
Las causas que apuntan los informes Letta y Draghi se repiten como un mantra incómodo en Bruselas: una menor inversión en innovación e I+D, un mercado único todavía fragmentado que impide a las empresas europeas alcanzar la escala de sus rivales estadounidenses, un exceso de carga regulatoria, una dependencia energética que la guerra de Ucrania disparó, y la ausencia de grandes campeones tecnológicos comparables a los gigantes de Silicon Valley. Entre 2008 y 2021, cerca del 30% de los «unicornios» europeos —startups valoradas en más de mil millones— trasladaron su sede al extranjero, en su mayoría a Estados Unidos, en busca de capital y de un mercado sin barreras internas.
El resultado es un círculo difícil de romper: menos productividad, menos inversión, menos empresas líderes y, al final, salarios reales que crecen más despacio. Mientras tanto, al otro lado del Atlántico, la combinación de mayor productividad, jornadas más largas y un dólar fuerte mantiene una renta disponible que permite a una universidad privada considerar «clase media necesitada» a quien ingresa 230.000 euros.
Una beca como espejo
Que la noticia de Chicago se lea en Europa con una mezcla de admiración y desconcierto es, en sí mismo, el dato más elocuente. Hace veinte años, las economías a uno y otro lado del Atlántico eran comparables en tamaño y nivel de vida. Hoy, el umbral que una universidad estadounidense fija para repartir gratuidad equivale a una renta que en Europa sitúa a un hogar entre el 1% más rico.
La beca de la Universidad de Chicago no pretendía ser una declaración geopolítica. Pero, sin proponérselo, ha puesto cifra a una verdad que Europa lleva tiempo intentando no mirar de frente: el poder adquisitivo de sus ciudadanos lleva dos décadas perdiendo la carrera frente al de los estadounidenses, y la brecha, lejos de cerrarse, sigue creciendo.

Me quedo muerto con la noticia, aunque luego pienso que, en los EE.UU., incluso gente muy rica y famosa puede terminar sin nada a causa de una enfermedad crónica y cosas así….
Y dentro de Europa tenemos que reconocer que hay europeos y europeos…
España está dentro de la media, más o menos; pero hay diferencias con según qué países…
Y, sí, hay países con peores sueldos en general y ahí al lado está Portugal; los hay con sueldos mucho, mucho más bajos…
Pero bueno, yo, por lo menos, tiendo a mirar hacia arriba y veo a mi familia política, donde, la mayor parte, tienen muy buenos sueldos y, lo importante, un poder adquisitivo que ya quisiera para mí mismo…
Y sí, tienen sus propios problemas, siendo la vivienda uno que compartimos; pero, bueno, mis hijos ya hacen planes para emigrar, y algún sobrino también, aunque sea por la experiencia…
Ya veremos, con el tiempo, si realmente se van y si se quedan fuera o si vuelven…
Como se dice en el propio artículo, es un gesto de Chicago, por lo que en el resto de EEUU no se hace. Por otra parte, menos mal que cobran mucho más, teniendo en cuenta que un tratamiento médico básico con un seguro básico que ni por asomo cuesta los 20 € o 30 € que cuestan aquí (por que existe la competencia de la SS) y contando el costo de la atención y los medicamentos te puede llegar a arruinar. No les envidio EN NADA.