Parece que Lagarde y compañía no quieren repetir los errores tras la invasión de Ucrania en la que fallaron estrepitosamente en su lucha contra la inflación y corremos el riesgo de que esta vez se pasen actuando a tenor de las declaraciones de Lagarde. El miércoles, la presidenta del Banco Central Europeo no habló de riesgos abstractos ni de escenarios teóricos. Habló de un abismo que se acerca, con nombre y fecha aproximada.
El detonante es la guerra en Irán y su efecto sobre los mercados energéticos globales. Pero la advertencia de Lagarde va más allá del conflicto en sí: lo que ha dicho, con toda la crudeza que permite el lenguaje institucional, es que lo peor todavía no ha ocurrido.
«Las reservas mundiales de petróleo se están agotando, y los últimos buques metaneros están llegando a sus destinos. El impacto total de la pérdida de suministro está a punto de sentirse.»
La semana pasada, ataques militares dañaron la planta de Ras Laffan en Catar, uno de los mayores complejos de exportación de gas natural licuado del mundo. La Agencia Internacional de Energía ha calificado la situación como la mayor interrupción del suministro en la historia del mercado petrolero mundial.
No es un escenario hipotético. Es, según Lagarde, la descripción más precisa posible de lo que viene. La Agencia Internacional de Energía ya ha catalogado lo que ocurre en el Golfo como la mayor interrupción del suministro en la historia del mercado petrolero mundial. Y el ataque a la planta de Ras Laffan en Catar ha reducido aún más la probabilidad de una normalización rápida.
Inflación contenida, pero no garantizada
Lagarde fue cuidadosa al trazar los dos escenarios posibles. Si la crisis queda confinada a los mercados energéticos, el efecto sobre la inflación general podría ser limitado. Pero si se intensifica o persiste, la transmisión al resto de la economía «podría acelerarse». Es una distinción importante: no es lo mismo un choque de precios de la energía que se absorbe en márgenes empresariales, que uno que se traslada a toda la cadena de producción y al bolsillo del consumidor.
El BCE, según su presidenta, está preparado para ambos escenarios. No actuarán precipitadamente, pero tampoco esperarán a tener certeza absoluta: «No actuaremos hasta contar con información suficiente sobre la magnitud y la persistencia del impacto. Pero la indecisión no nos paralizará.»
«Nuestro compromiso de lograr una inflación del 2% a medio plazo es incondicional.»
La estrategia del banco central ante lo incierto
Lo más interesante del discurso no fue la descripción de la crisis, que eso ya lo vemos con nuestros ojos, sino la forma en que Lagarde presentó la respuesta. El BCE, dijo, trabaja con riesgos y escenarios como «pilares fundamentales», disponiendo de distintas opciones de respuesta con diferentes niveles de preparación. En lenguaje llano: tienen planes A, B y C sobre la mesa, y parten de una posición más fuerte que en crisis anteriores gracias a los ajustes de política monetaria de los últimos años.
Es, en cierto modo, una promesa de racionalidad en medio del caos. En un momento en que «nadie puede resolver la incertidumbre sobre cómo se desarrollará la guerra en Irán», Lagarde ofrece lo único que puede ofrecer una institución monetaria: método, estrategia y un objetivo claro. El 2% de inflación a medio plazo no es negociable, venga lo que venga.
¿Qué significa esto para los ciudadanos?
La respuesta directa es: precios de la energía más altos en los próximos meses, con una incertidumbre real sobre su magnitud y duración. Los mercados ya lo están descontando. Lo que Lagarde ha confirmado es que el sistema financiero europeo está alerta, y que el BCE no repetirá los errores de 2021 y 2022, cuando tardó demasiado en reaccionar a la espiral inflacionaria post-pandemia.
El abismo que anuncia la presidenta del BCE puede no ser tan profundo como temen los más pesimistas. Pero ya nadie en Fráncfort finge que el suelo está cerca.

Y creen que en este escenario van a controlar la inflación subiendo tipos, claro que sí