La independencia de los bancos centrales es, sobre el papel, un pilar sagrado de la estabilidad económica europea. Sin embargo, las recientes filtraciones sobre la salida prematura de Christine Lagarde de la presidencia del Banco Central Europeo (BCE) demuestran que, en la práctica, la institución de Fráncfort parece más una extensión de los despachos elíseos que un organismo técnico e imparcial.
Lagarde, que aterrizó en el BCE en 2019 tras un «acuerdo sorpresa» entre Emmanuel Macron y Angela Merkel, parece dispuesta ahora a devolver el favor a su mentor. Su intención de abandonar el cargo antes de que expire su mandato en octubre de 2027 no responde a una fatiga institucional, sino a un cálculo electoralista: facilitar que Macron, antes de dejar la presidencia de Francia, pueda atar la sucesión en el BCE junto al canciller alemán Friedrich Merz.
La excusa esgrimida por Lagarde en Bloomberg TV —donde afirmó haber aceptado el cargo bajo la «impresión» de que solo duraría cinco años— resulta, como poco, inverosímil para una figura de su trayectoria. En el complejo engranaje de la eurozona, los plazos no son sugerencias, y un mandato de ocho años tiene como fin precisamente blindar al banquero central de los ciclos electorales. Que Lagarde busque ahora una salida por la puerta de atrás antes de las presidenciales francesas de abril de 2027 es una admisión implícita de que su lealtad está en París, no en el euro.
El pánico al efecto Le Pen
El trasfondo de esta maniobra es el miedo. Con Marine Le Pen o Jordan Bardella liderando las encuestas en Francia, el Elíseo vive en un estado de urgencia. La dimisión sorpresa de François Villeroy de Galhau al frente del Banco de Francia es la primera pieza del dominó. Al dejar su puesto un año antes de lo previsto, permite a Macron nombrar a un sucesor de su cuerda antes de que el euroescepticismo de Agrupación Nacional pueda asaltar las instituciones.
Lagarde parece seguir el mismo guion. Al adelantar su salida, evita que el próximo presidente de Francia —que podría ser una figura hostil a la actual arquitectura comunitaria— tenga voz y voto en la elección del nuevo guardián del euro. Es una estrategia de «tierra quemada» institucional: blindar los puestos clave de la economía europea antes de que las urnas dicten una sentencia incómoda para el establishment.
Una gestión de luces y sombras (más sombras)
Más allá de los juegos de poder, el balance de Lagarde deja mucho que desear para los ciudadanos de a pie:
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Inflación desbocada: Bajo su guardia, la eurozona vio cómo los precios escalaban hasta rozar el 11% a finales de 2022.
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Reacción tardía: La crítica constante a su gestión ha sido la lentitud para abandonar los tipos negativos, una parálisis que obligó después a una subida drástica y dolorosa del -0,5% al 4% en tiempo récord.
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Distracciones constantes: Desde los rumores de su salto al Foro Económico Mundial de Davos hasta su evidente enfoque en la agenda política, Lagarde ha proyectado la imagen de una presidenta más preocupada por su perfil internacional que por la estabilidad de precios.
El fin de la tecnocracia «neutral»
Mientras nombres como Pablo Hernández de Cos o Klaas Knot suenan en las quinielas para sucederla, el daño a la imagen de neutralidad del BCE ya está hecho. Si la presidencia del banco central se utiliza como moneda de cambio para maniobras de política interna francesa, la confianza en el euro queda herida.
Lagarde llegó al cargo en un pacto de despacho y parece decidida a irse de la misma forma: sirviendo a los intereses de quienes la pusieron allí, en lugar de cumplir con el compromiso de ocho años que los tratados europeos le exigían.
