La historia financiera suele rimar con sus crisis pasadas, y para Michael Burry, el inversor que saltó a la fama por predecir con exactitud el colapso del mercado inmobiliario estadounidense en 2008, el panorama actual de la inteligencia artificial (IA) presenta señales alarmantes de una burbuja insostenible. Aunque el entusiasmo por el hardware de vanguardia y la eficiencia de los modelos de lenguaje parece inagotable, Burry sugiere que estamos construyendo un ecosistema donde la innovación tecnológica no garantiza la rentabilidad económica a largo plazo, lo que podría desencadenar una oleada de bancarrotas y devaluaciones masivas entre 2026 y 2027.
La paradoja del hardware y el crecimiento exponencial
El epicentro de este auge tecnológico tiene nombre propio: Nvidia. Con el lanzamiento de su arquitectura de servidor NVL72, la compañía promete una capacidad de inferencia en tiempo real para modelos de lenguaje extenso hasta 30 veces superior a las generaciones previas. Analistas del sector comparan este momento con la disrupción que supuso el iPhone frente a BlackBerry, señalando que el crecimiento de tres dígitos en el segmento de redes de Nvidia es una prueba irrefutable de un ciclo tecnológico sin precedentes.
Sin embargo, aquí reside la divergencia de opiniones. Mientras que el mercado celebra estos hitos técnicos, Burry advierte que el despliegue de infraestructura masiva no asegura un retorno de inversión saludable. La inversión en hardware es tan elevada que, si las empresas que adquieren estos chips no logran monetizar sus servicios de manera efectiva, el capital invertido terminará convirtiéndose en pérdidas contables que las corporaciones deberán asumir tarde o temprano.
Uno de los cambios más drásticos previstos para este ciclo es la transformación del mercado de las búsquedas en internet. Se anticipa que el paradigma actual, dominado casi de forma absoluta por Google, sufra una erosión significativa a medida que los usuarios migren hacia chatbots impulsados por modelos de IA avanzados, como ChatGPT que lo monetizan bastante peor.
Este cambio de comportamiento del consumidor atenta directamente contra los márgenes de beneficio de las empresas tecnológicas tradicionales. El modelo de negocio basado en indexar la web ha sido, durante décadas, una auténtica mina de oro debido a sus bajos costes operativos y altos ingresos por publicidad. No obstante, servir respuestas mediante inteligencia artificial es significativamente más costoso desde el punto de vista computacional. Si el mercado publicitario se fragmenta y los costes operativos aumentan, incluso los gigantes de Silicon Valley verán sus márgenes de beneficio reducidos drásticamente, pasando de líderes absolutos a competidores secundarios en un entorno mucho más hostil.
El problema de la falta de diferenciación
Michael Burry utiliza una analogía clásica de Warren Buffett para explicar por qué la inteligencia artificial podría no ser el negocio lucrativo que muchos esperan: la escalera mecánica de los años 60. En aquel entonces, si un gran almacén instalaba una escalera mecánica, los clientes se beneficiaban de una mejor experiencia de compra. Sin embargo, en cuanto la tienda de enfrente instalaba la suya, la ventaja competitiva desaparecía. Al final, ambas tiendas tenían costes más altos y ninguna obtenía un beneficio adicional real.
En el sector de la IA, está ocurriendo algo similar. Al ofrecer todas las empresas beneficios casi idénticos (automatización, generación de texto o análisis de datos), carecen de lo que en finanzas se denomina «foso económico» o ventaja competitiva sostenible. Sin una barrera de entrada clara o una propuesta de valor única, la competencia se vuelve una carrera hacia el fondo en términos de precios, lo que inevitablemente conduce a la insolvencia de aquellas startups que no cuentan con un flujo de caja sólido.
Hacia el pánico de 2026
La advertencia de Burry no se centra en si la tecnología funciona (él mismo admite que las predicciones sobre la potencia de Nvidia son acertadas), sino en la viabilidad del modelo financiero que la sustenta. El desplome de la rentabilidad y la incapacidad de muchas empresas para justificar su valoración bursátil podrían desembocar en lo que él denomina el «Pánico de 2026» o 2027.
A medida que el capital se vuelve más selectivo y la euforia inicial se disipa, el mercado se verá obligado a enfrentar una realidad incómoda: gran parte del gasto en inteligencia artificial podría acabar siendo amortizado como pérdida. Para el inversor prudente, este escenario sugiere que, a pesar de la espectacularidad de los avances técnicos, la prudencia financiera y el análisis de los fundamentos económicos siguen siendo las mejores herramientas para navegar en tiempos de incertidumbre.

Siempre aprendemos un poco más del joven Warren!