
Daniela, que trabajaba de camarera en España por 1.100 euros, ha cruzado la frontera para hacer exactamente lo mismo, pero cobrando 4.500 euros al mes. El Gobierno insiste en que somos la locomotora de Europa, pero las cifras de esta trabajadora revelan una verdad incómoda: el esfuerzo fiscal y laboral en nuestro país no recompensa al ciudadano, lo asfixia. No es que los suizos sean magos, es que nuestra productividad y nuestros salarios están estancados por una presión burocrática y fiscal que lastra cualquier intento de prosperidad.
Se suele utilizar la excusa del coste de la vida para justificar la brecha salarial. Nos dicen que en Suiza todo es impagable para que nos conformemos con la precariedad local. Los datos de la cesta de la compra desmienten este mantra. Quince huevos cuestan poco más de 4 euros y un aguacate ronda el euro. Si miramos los precios en cualquier supermercado de barrio español tras la inflación acumulada de los últimos dos años, la diferencia en el ticket no justifica que allí se cobre el triple. La comida ha subido aquí, la luz ha subido aquí, pero las nóminas siguen congeladas en el tiempo.
El drama de la vivienda merece un capítulo aparte. En Madrid, esta joven pagaba 600 euros por compartir piso con cinco personas. Hacinamiento a precio de oro. En Suiza, paga 900 euros, pero comparte solo con una compañera. Aunque el importe nominal es mayor, el esfuerzo sobre su salario es ridículo comparado con el sacrificio que exige el mercado inmobiliario español.
Aquí, un joven destina más de la mitad de su sueldo a una habitación. La Ley de Vivienda, lejos de arreglar el problema, ha retirado oferta del mercado y disparado los precios. El resultado es que nuestros jóvenes no se emancipan, se expulsan a sí mismos del sistema o del país.
El Gobierno evita aclarar por qué un camarero, un ingeniero o una enfermera multiplican su poder adquisitivo nada más cruzar los Pirineos. Prefieren hablar de escudo social mientras la mejor protección contra la pobreza, que es un salario alto y una moneda fuerte, brilla por su ausencia. Daniela lo vio claro a los 18 años al ver que sus amigos, incluso con estudios, no tenían futuro.
Es cierto que en Suiza el seguro médico y los impuestos no se descuentan automáticamente de la nómina bruta, algo que aquí ocurre antes de que el dinero toque tu cuenta bancaria para que no seas consciente de cuánto pagas realmente. Pero incluso pagando esos servicios de su bolsillo, la capacidad de ahorro y de vida de un trabajador no cualificado en el país helvético supera con creces a la de muchos titulados superiores en España.
Las estadísticas dicen que los hogares con ingresos bajos en Suiza tienen dificultades para ahorrar, pero «dificultad para ahorrar» allí significa vivir al día. Aquí, con el salario mínimo o medio, vivir al día es un lujo; lo habitual es endeudarse para llegar a fin de mes. La fuga de talento y de mano de obra joven es la sentencia de muerte de nuestra economía a largo plazo.