La presidenta del Banco Central Europeo (BCE), Christine Lagarde, ha lanzado un mensaje claro desde Bruselas: la inflación ha vuelto a su cauce. Tras varios años marcados por una inflación desbocada —que llegó a superar el 10% en algunos países de la eurozona—, Lagarde ha afirmado que el proceso de desinflación ha terminado, con los precios estabilizados en torno al 2%, el objetivo marcado por el BCE.
Este anuncio supone un punto de inflexión en la política monetaria del euro. La desinflación, es decir, la desaceleración de la subida de precios, ha sido uno de los grandes retos para el banco central desde la pandemia y, sobre todo, tras la guerra en Ucrania, que disparó los precios de la energía y los alimentos.
Ahora, con los datos en la mano, el BCE considera que ha cumplido su mandato principal: mantener la estabilidad de precios. No obstante, Lagarde ha subrayado que la institución seguirá vigilante y que las decisiones sobre los tipos de interés seguirán dependiendo de los datos y se evaluarán “reunión a reunión”. Es decir, no hay promesas de bajadas inminentes, pero tampoco de nuevas subidas.
Un euro más fuerte en un mundo en cambio
Pero más allá del control de la inflación, Lagarde ha aprovechado su intervención ante la Comisión de Asuntos Económicos del Parlamento Europeo para lanzar una propuesta estratégica de calado: reforzar el protagonismo internacional del euro.
En un contexto de reordenamiento geopolítico, con tensiones crecientes entre bloques y una mayor fragmentación económica, la presidenta del BCE cree que ha llegado el momento de que la moneda europea juegue un papel más relevante en el comercio y las finanzas globales.
Actualmente, aunque el euro es la segunda moneda más utilizada en el mundo (por detrás del dólar), su peso está lejos del liderazgo estadounidense. Para cambiar esta situación, Lagarde propone medidas concretas, como:
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Impulsar el uso del euro en la facturación de exportaciones europeas, lo que reduciría la exposición de empresas y consumidores a las oscilaciones del tipo de cambio.
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Aumentar la demanda extranjera de activos denominados en euros, algo que abarataría la financiación para gobiernos, empresas y familias.
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Completar el mercado único, especialmente en lo que respecta a la unión de los mercados de capitales, un proyecto largamente aplazado pero crucial para canalizar mejor el ahorro y la inversión dentro de Europa.
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Financiar conjuntamente bienes públicos europeos, como el gasto en defensa, una medida que, aunque políticamente delicada, podría reforzar la autonomía estratégica del continente.
Condiciones para un euro fuerte
Lagarde también ha puesto sobre la mesa los requisitos para lograr este salto cualitativo del euro. Uno de ellos es preservar la confianza en las instituciones europeas, garantizando el respeto al Estado de Derecho y la independencia del BCE. Otro es no descuidar la dimensión comercial de la UE, buscando nuevos acuerdos y socios internacionales que diversifiquen los vínculos económicos del bloque.
El mensaje es claro: si Europa quiere jugar en las grandes ligas económicas, no basta con tener una moneda fuerte. Hace falta una estrategia económica común, cohesión política y valentía para tomar decisiones conjuntas.
