La historia nos ha dejado advertencias claras: los grandes imperios no suelen caer por falta de poder militar ni por crisis externas, sino por sus propios excesos. Roma construía coliseos mientras sus finanzas se desangraban, la Francia absolutista celebraba banquetes en Versalles antes de la Revolución, y hoy… en San Francisco, una asesora cobra hasta 30.000 dólares por ayudar a elegir un nombre de bebé.
Puede parecer una broma de mal gusto, pero no lo es. Taylor A. Humphrey, emprendedora californiana, se ha convertido en una consultora de nombres de bebé de lujo, y su servicio —que incluye desde análisis genealógicos hasta campañas de «branding» personal para el recién nacido— es tan real como demandado. En un mundo donde las apariencias, el estatus y la marca personal importan desde la cuna, hay padres dispuestos a pagar cifras desorbitadas por lo que antes era una decisión íntima, familiar y, sobre todo, gratuita.
Una profesión nacida del exceso
Taylor no es psicóloga, ni filóloga, ni trabaja en registro civil. Su perfil es el de una influencer con más de 100.000 seguidores en TikTok e Instagram, y autodenominada “friki de los nombres”, con cientos de hojas de Excel donde almacena miles de propuestas cuidadosamente seleccionadas.
Sus tarifas varían: desde 200 dólares por una lista básica enviada por correo, hasta los mencionados 30.000 para un acompañamiento integral, que puede durar meses e incluir consultas con genealogistas y expertos en marketing. A cambio, los padres obtienen nombres exclusivos, con significados estudiados, referencias culturales y el ansiado toque de “originalidad sin extravagancia” que tanto se valora hoy.
¿Y por qué alguien pagaría tanto por algo tan personal?
Me cuesta responder a esa pregunta, pero ya que la he hecho, lo intentaré. La razón está en una mezcla de ansiedad moderna, presión social y puro snobismo. Con el auge de las redes sociales, el nombre del bebé se convierte en parte del «packaging» de la familia: ese primer post con el body bordado, el cartelito de madera y el anuncio cuidadosamente estético debe ir acompañado de un nombre que suene único, sofisticado y con historia.
Y, por supuesto, que no esté ya cogido por los hijos de tus conocidos.
Pero también hay razones más profundas. Humphrey actúa muchas veces como una mediadora familiar: ayuda a resolver disputas entre parejas, gestiona crisis de última hora antes de rellenar el certificado de nacimiento e incluso ofrece apoyo a quienes sienten «arrepentimiento del nombre», una sensación que, según algunas encuestas, afecta a 1 de cada 10 madres.
Una economía de lo absurdo
Lo fascinante —y perturbador— de este fenómeno no es solo el precio, sino el hecho de que exista demanda. El Área de la Bahía, donde los sueldos de los ejecutivos tech superan los siete dígitos, es terreno fértil para estos servicios. Como dijo una de las consultoras competidoras de la costa este: “Debería mudarme a San Francisco, allí se paga más por lo mismo”.
Se ha llegado al punto en que elegir un nombre se compara con seleccionar una encimera de cocina: personal, sí, pero mejor dejarlo en manos de un profesional. Y así, el proceso de nombrar a un hijo se convierte en un lujo más que añadir a la lista de gastos prenatales.
Este modelo de negocio es el reflejo más claro de una economía que a veces parece vivir desconectada de la realidad. Mientras millones de personas luchan por llegar a fin de mes, otros contratan «naming consultants» para asegurarse de que su hija no se llame como la vecina.
Los imperios caen cuando creen que pueden comprarlo todo, incluso lo más humano: el nombre de sus hijos. Y aunque el caso de Humphrey pueda parecer anecdótico, dice mucho de hacia dónde se dirige una parte del consumo en las sociedades más ricas: la hiperespecialización del lujo, incluso en terrenos donde antes reinaban el sentido común y la intuición.
… y como se llama esta mujer?
Segundo párrafo: Taylor A. Humphrey
Lo mismo pasa con el llamado arte contemporáneo …