El Banco Central Europeo prepara ya lo que parece un recorte casi asegurado de los tipos de interés en su reunión del 5 de junio. Será el primero desde que la institución cambió de rumbo tras el ciclo más agresivo de subidas en décadas, y lo dejará en un 2%, según los planes que se dan por hechos en los mercados. Pero la verdadera noticia no está en ese movimiento previsible, sino en el  suelo que el BCE ha dibujado para el final de este ciclo de bajadas: el 1,5%.

No ha sido una filtración ni una conjetura de mercado. Lo ha dicho el propio economista jefe del BCE, Philip Lane, en una entrevista con el diario Frankfurter Allgemeine Zeitung. Lane no se ha limitado a hablar de coyuntura, sino que ha deslizado con claridad que los tipos «claramente acomodaticios» son los que están por debajo del 1,5%, y que esa zona no es el destino del BCE «salvo en escenarios económicos mucho peores».

Esto cambia las reglas del juego. Si se parte del 2% en junio, y el límite inferior que se contempla está en el 1,5%, solo habría espacio para dos recortes adicionales de 25 puntos básicos. A partir de ahí, tocaría esperar. No sería una novedad: la Reserva Federal también ha entrado en un compás de espera más largo de lo previsto, atrapada entre una inflación más persistente y un crecimiento todavía aceptable.

El BCE, sin embargo, se enfrenta a un entorno más ambiguo. La inflación general en la eurozona se mantiene estable en el 2,2%, a las puertas del objetivo. La subyacente repuntó al 2,7%, pero ese aumento tiene nombre y apellidos: Semana Santa. Lane lo atribuye a un efecto puntual y no ve en ello un problema estructural. Aun así, los halcones del Consejo de Gobierno siguen alerta, y alertan del peligro de pasarse de frenada en el ciclo de relajación monetaria.

La política comercial de Estados Unidos, en cambio, podría hacer parte del trabajo sucio. El lío de los aranceles de Trump (que han sido declaradas ilegales por el tribunal fedderal de EEUU)  han encendido las alarmas sobre un posible enfriamiento del comercio global. Los economistas de Commerzbank y otros bancos europeos coinciden: el efecto deflacionario de los aranceles podría acelerar la caída de precios en Europa, al tiempo que la fortaleza del euro —como resultado del debilitamiento del dólar— abarata las importaciones. Eso es música para los oídos de quienes quieren más margen para bajar tipos aunque está por ver que pasa finalmente con los dichosos aranceles que de momento lo único que están aportando es incertidumbre.

En este contexto, la expectativa de que el BCE recorte en julio gana enteros, aunque no es unánime. Algunos miembros del consejo como el griego Stournaras han empezado a enfriar esa posibilidad. Pero los datos empujan en la dirección contraria: Francia ya ha publicado un IPC mensual negativo en mayo, y si España y Alemania confirman esa señal esta semana, los mercados podrían volver a ajustar sus apuestas, viendo un BCE más proclive a acelerar el paso.

Lo que parece descartado por ahora es un regreso al terreno de tipos negativos o incluso a niveles cercanos al 0%. Lane ha dejado claro que el BCE ya no ve con buenos ojos aquellas etapas donde el precio del dinero era gratuito. Aunque el crecimiento económico sigue siendo débil, el banco quiere dejar atrás los excesos del pasado y encontrar una “zona neutral” que, aunque nadie sepa con certeza dónde está, se intuye más alta que antes.

El Euríbor ya descuenta todas estas posibilidades y parece que su suelo debería estar ligeramente por encima del 1.5%.  La era de las hipotecas al 1% parece ya cosa del pasado.