Hay decisiones que envejecen rápido. La del Banco Central Europeo de subir los tipos de interés un cuarto de punto, hasta el 2,25%, nació para frenar una inflación disparada por el petróleo… y resulta que el petróleo lleva días desinflándose. El Brent, que en plena tormenta llegó a superar los 125 dólares, cotiza este lunes en torno a los 83, lejos de los picos de pánico de hace apenas una semana. La pregunta es incómoda pero inevitable: ¿está combatiendo el BCE un incendio que ya empieza a apagarse solo?

La institución que preside Christine Lagarde ha dado el paso por unanimidad, presionada por las tensiones inflacionistas del conflicto en Oriente Próximo. Sin un acuerdo a la vista en una guerra que ha superado la barrera de los cien días, el encarecimiento del barril se había trasladado al resto de la cesta de la compra hasta situar la inflación en el 3,2% en mayo, frente al 1,9% de febrero. El temor del BCE es que ese encarecimiento del dinero termine siendo una piedra en el camino de una recuperación ya amenazada por la propia guerra, dañando todavía más el bolsillo de los ciudadanos.

Con esta subida, la guerra se cobra el primer endurecimiento monetario entre los bancos centrales del G-7. Ningún otro ha tomado todavía esa vía, y el BCE lo ha hecho con datos mejores que otras economías. Estados Unidos, con una inflación del 4,2%, ha optado por la prudencia y ha mantenido los tipos sin cambios. El argumento de Fráncfort es evitar los temidos efectos de segunda ronda: que la subida de precios provoque un aumento de salarios y servicios capaz de convertir un alza temporal en algo permanente. La decisión devuelve los tipos al nivel que tenían hace un año, y los expertos prevén a lo sumo otra subida en lo que resta de 2026.

El problema es que el relato del «petróleo imparable» se tambalea justo cuando el BCE actúa. La reciente caída del crudo —empujada por la menor demanda china, el aumento gradual de producción de la OPEP+ y la sensación de que la prima de riesgo geopolítico estaba sobredimensionada— sugiere que la presión inflacionista por la energía podría ceder antes de lo que descontaba el banco. Si el barril se asienta en estos niveles, parte de la justificación para encarecer el dinero pierde fuelle.

Lagarde sostiene que son los gobiernos de la eurozona —y no tanto el banco, cuyo objetivo es el control de los precios— quienes deben hacer los deberes para relanzar la economía: una transición energética más ambiciosa, la unión del ahorro y la inversión o la simplificación burocrática como vías para reforzar el crecimiento sin comprometer la sostenibilidad fiscal. La idea de fondo es que a las crisis geoeconómicas se responde con reformas, no solo con parches temporales de alivio al consumidor ni encareciendo el precio del dinero.

La decisión trae ecos de 2022, cuando el BCE tardó casi cinco meses en restringir la política monetaria en plena tormenta inflacionaria por la guerra de Ucrania. Pero Europa no depende hoy del crudo del Golfo como dependía entonces del gas ruso, y el precio del barril, tras el repunte inicial y los picos de pánico, no solo se ha estabilizado: ha empezado a bajar. El empeño de Lagarde por defender por encima de todo la credibilidad del BCE frente a la inflación —cuestionada en aquel episodio— puede acabar saliendo caro para una economía ya endeble en la eurozona y al borde del estancamiento en Alemania. Y, en última instancia, para el bolsillo de todos.