Imagina un negocio que triplica sus ingresos en un año, que tiene a 900 millones de personas usando su producto cada semana y al que los grandes fondos del planeta hacen cola para regalarle dinero. Suena bien ¿verdad?

Ahora imagina que ese mismo negocio, en ese mismo año, perdió casi 38.500 millones de dólares. No hace falta que imagines mucho, es OpenAI, la empresa detrás de ChatGPT, y sus cuentas acaban de salir a la luz justo cuando se prepara para una de las salidas a bolsa más esperadas de la década.

Los documentos financieros auditados, obtenidos por el periodista independiente Ed Zitron y verificados de forma independiente por el Financial Times, ofrecen la radiografía más detallada que se ha visto hasta ahora de la economía real de la inteligencia artificial de frontera. Y lo que muestran es incómodo: una máquina de crecer ingresos que es, a la vez, una máquina de quemar dinero a una velocidad histórica.

Los números que cuentan la historia

Empecemos por lo bueno, porque lo hay. Los ingresos de OpenAI pasaron de 3.700 millones de dólares en 2024 a 13.070 millones en 2025, más que triplicándose en doce meses. A cierre de año, la facturación mensual rozaba los 2.000 millones de dólares, una cifra que la empresa sostenía todavía en marzo de 2026. Para una compañía que apenas existía comercialmente hace tres años, es un crecimiento espectacular.

El problema es todo lo demás. Frente a esos 13.000 millones de ingresos, OpenAI registró 34.000 millones de dólares en costes y gastos totales. La partida más brutal es la de investigación y desarrollo: 19.180 millones de dólares, una cifra que por sí sola supera todos los ingresos de la empresa. Dicho de otro modo, OpenAI gasta más en entrenar y desarrollar modelos de lo que ingresa por venderlos.

A eso se suma el «coste de los ingresos» —el dinero que cuesta producir y servir el producto, esencialmente la factura de computación cada vez que un modelo responde a un usuario—, que se disparó de 2.650 millones en 2024 a 7.500 millones en 2025. Y el gasto en ventas y marketing, que pasó de 1.110 a 5.730 millones. La pérdida operativa, el dinero que se evapora en el día a día del negocio, creció de 8.780 millones en 2024 a 20.920 millones en 2025.

El dato que parece de terror (y la letra pequeña que lo matiza)

El titular más llamativo es la pérdida neta: algo más de 5.000 millones en 2024 que se convirtieron en cerca de 38.500 millones en 2025. Una multiplicación por casi ocho que, leída en frío, sugiere una empresa en caída libre.

Aquí conviene parar y desconfiar del titular fácil. Buena parte de esa cifra no es dinero que haya salido por la puerta. Cuando OpenAI completó en 2025 su conversión a una estructura con ánimo de lucro, las cuentas registraron un cargo contable monstruoso —unos 41.550 millones— vinculado al cambio de valor razonable de instrumentos convertibles y warrants. Es contabilidad, no caja. Según una fuente citada por el Financial Times, descontando ese ajuste extraordinario y no recurrente, la pérdida neta «real» de 2025 quedaría en torno a los 8.000 millones de dólares. Sigue siendo una sangría, pero de otro orden de magnitud.

Hay un matiz adicional que merece escepticismo en ambas direcciones. Zitron sostiene que, sumando intereses, la pérdida total se acercaría a los 60.000 millones, de los cuales OpenAI consiguió desplazar unos 21.000 millones a «intereses minoritarios» cuya naturaleza no queda del todo clara. Y al mismo tiempo, incluso esos 8.000 millones de quema de caja subestiman el coste real, porque parte de la computación de OpenAI ha llegado en forma de créditos de Azure de Microsoft, no de dinero efectivamente desembolsado. La verdad, como casi siempre, vive en algún punto intermedio entre el dramatismo del filtrador y el optimismo de la fuente anónima.

El elefante en la habitación se llama Microsoft

Las cuentas revelan hasta qué punto OpenAI depende de su socio y mayor inversor. De los 34.000 millones de gastos totales, unos 17.200 millones fueron a parar directamente a Microsoft: 10.590 millones contabilizados como I+D (es decir, computación para entrenar modelos) y otros 6.047 millones como coste de los ingresos. En sentido contrario, Microsoft pagó a OpenAI 303 millones, y SoftBank, 867 millones.

La foto resultante es peculiar. Microsoft es simultáneamente el mayor inversor de OpenAI, su principal proveedor de nube y, de lejos, su mayor partida de gasto. Cada dólar que OpenAI quema en computación es, en gran medida, un dólar que recupera Microsoft. Para un inversor que se plantee entrar en la futura OPV, es una dependencia que hay que mirar con lupa.

Lo que esto significa para la burbuja que todos vigilamos

Conviene poner el dato en perspectiva, porque las pérdidas colosales no son exclusivas de OpenAI. La división de realidad virtual y hardware de Meta perdió 17.700 millones solo en 2024 y acumula más de 70.000 millones desde 2020. WeWork, en su peor momento, perdía unos 4.600 millones al año antes de su colapso —y el mismo Masayoshi Son que respaldó aquel desastre está hoy all-in en OpenAI—. La diferencia es que OpenAI quema en un año más de lo que muchas burbujas anteriores quemaron en toda su existencia.

El argumento alcista tiene su lógica: las pérdidas operativas, medidas como porcentaje de los ingresos, mejoraron del 237% en 2024 al 160% en 2025. Es decir, la empresa pierde proporcionalmente menos por cada dólar que ingresa. Si esa tendencia continúa y los ingresos siguen disparándose, la promesa de ser rentable en 2030 no es absurda sobre el papel.

El argumento bajista es más simple y más físico: cada nuevo modelo, más capaz, exige más computación para entrenarse y más computación para responder. La infraestructura —chips, energía, centros de datos— no se abarata cuando sube la demanda; al contrario. Escalar el producto significa escalar el coste, y nada garantiza que los ingresos vayan a correr siempre más rápido que esa factura.

A esa tensión se suman dos frentes que aprietan justo donde duele. Por el lado de las empresas, los clientes corporativos empiezan a rechazar el modelo de precios por tokens y a exigir un retorno medible de su inversión en IA. Y por el lado del consumidor, la presión competitiva de Anthropic podría obligar a OpenAI a bajar precios, lo que dispararía aún más las pérdidas a corto plazo. No es casualidad que la compañía cerrara su generador de vídeo Sora en marzo y anunciara que recortaría las «misiones secundarias» para centrarse en programación y clientes de negocio: cuando el dinero arde, hasta los unicornios aprenden a priorizar.

La pregunta de los billones

OpenAI ha presentado un S-1 confidencial ante la SEC y apunta a una salida a bolsa que podría llegar tan pronto como septiembre de 2026, con Goldman Sachs y Morgan Stanley al frente y una valoración que se baraja hasta el billón de dólares. La empresa cuenta con unos 50.000 millones en activos, casi la mitad en caja, lo que le da margen de maniobra. Pero con una quema de este calibre, ese colchón no es infinito.

La pregunta que tendrán que responder los futuros accionistas es la de siempre, solo que con muchos más ceros: ¿puede el crecimiento de ingresos —que es real y extraordinario— adelantar algún día al coste, igualmente real y extraordinario, de construir la IA más avanzada del mundo? Las cuentas filtradas no cierran ese debate. Lo abren de par en par, y lo hacen justo en el momento en que medio Silicon Valley, varios fondos soberanos y, según algunos rumores, hasta el propio Gobierno estadounidense tienen su dinero —o su credibilidad— apostados a que la respuesta sea que sí.