La deuda estadounidense ya no es intocable.

La deuda estadounidense ya no es intocable. 1

La deuda estadounidense, especialmente los bonos del Tesoro, se ha considerado durante décadas uno de los refugios más seguros del mundo y se ha convertido en un pilar de las reservas de los bancos centrales, no obstante poco a poco esto está cambiando, La rebaja de calificación de la deuda de Estados Unidos por parte de Moody’s, sumada al debate sobre los nuevos planes fiscales impulsados por Donald Trump tras su regreso a la Casa Blanca, ha encendido todas las alarmas en los mercados financieros. La pérdida de la mítica triple A, más que un gesto simbólico, ha sido un aviso directo a Washington y a los inversores: la deuda estadounidense ya no es intocable. Y cuando el país más endeudado del mundo empieza a generar dudas sobre su solvencia futura, la onda expansiva se nota en todas las curvas de rentabilidad del planeta.

La reacción fue inmediata y Wall Street cayo con fuerza a comienzos de esta semana. La subasta del bono a 20 años fue un fiasco: rentabilidades en máximos desde 2020 y una demanda débil que puso en evidencia la pérdida de confianza. No se trata de un episodio aislado. Es la expresión de un malestar más profundo entre los inversores ante la deriva fiscal del país.

El nuevo plan económico de Trump —centrado en bajadas de impuestos y sin contrapartidas de ajuste— añadiría unos 4 billones de dólares a una deuda que ya roza los 37 billones. La combinación de recorte fiscal, menor recaudación y mayor gasto choca de frente con el objetivo de estabilizar el déficit público. El Tesoro se ve obligado a emitir más bonos, y el mercado empieza a cuestionarse cuánta deuda más puede absorber sin exigir tipos más altos.

Ahí entra la Reserva Federal. La Fed ha sido durante años el comprador de último recurso de la deuda estadounidense, acumulando billones en su balance tras sucesivas rondas de estímulo monetario. Pero ahora está en pleno proceso de drenaje de liquidez, dejando que los bonos venzan sin reinversión. Es decir, la demanda estructural se debilita justo cuando la oferta se dispara. Un cóctel que, según los analistas, podría empujar los rendimientos hacia cotas del 5,50% o más.

Ese nivel aún no pone contra las cuerdas a la Administración, pero es cada vez más incómodo. La rentabilidad del bono a 30 años ya supera el 5%, mientras que el bono a 10 años coquetea con el 4,60%. Niveles no vistos desde antes de la gran crisis financiera. Si la inflación no da tregua y los tipos se mantienen altos durante más tiempo, el coste de financiar la deuda pública podría dispararse.

Y lo que está en juego no es solo la salud fiscal de Estados Unidos, sino la credibilidad de todo el sistema financiero global. El dólar y los bonos del Tesoro han sido durante décadas el refugio por excelencia. Si los inversores empiezan a cuestionar su estabilidad, la prima de riesgo estadounidense podría dejar de ser un concepto anecdótico.

Además, la inestabilidad política tampoco ayuda. Las pugnas entre demócratas y republicanos, con un Congreso dividido y aún marcado por el choque institucional tras las elecciones de 2024, bloquean cualquier posibilidad de pacto fiscal a medio plazo. El cortoplacismo político sigue pesando más que la disciplina presupuestaria. Una paradoja que se repite en muchas economías desarrolladas, pero que en el caso de Estados Unidos tiene efectos globales.

A pesar de todo, el apetito por deuda americana no ha desaparecido. Su liquidez, profundidad y papel como activo de reserva mantienen el interés internacional. Pero los analistas advierten que ese respaldo no es incondicional. Si los inversores globales empiezan a exigir una prima mayor por el riesgo fiscal, el coste para financiar el déficit se podría volver insostenible más pronto que tarde.