El daño que está haciendo Trump a la economía de su país comienza a notarse en las cifras oficiales. Los últimos datos del Bureau of Economic Analysis (BEA) han puesto cifras a lo que muchos sectores venían anticipando: el gasto en viajes dentro de Estados Unidos cayó en marzo en 1.300 millones de dólares, una bajada que no pasaba desde momentos tan críticos como el 11-S o el estallido de la pandemia. El retroceso no sólo afecta al consumo interno, sino también a los ingresos por servicios turísticos procedentes del exterior, que incluyen lo que gastan los visitantes extranjeros durante su estancia en el país. Este rubro, clasificado como exportación de servicios de viaje, ha sufrido uno de los tres mayores descensos trimestrales en los últimos 25 años.
A pesar de ello, el expresidente Donald Trump asegura que “el turismo va muy bien” y que los “verdaderos” datos se verán en seis meses, la realidad inmediata pinta otro escenario: menos visitantes, menos consumo y una creciente percepción negativa de EE.UU. como destino turístico.
Canadá, tradicionalmente uno de los principales emisores de turistas hacia EE.UU., ha mostrado señales claras de boicot. Varios medios, como The Globe and Mail, señalan que el malestar generado por los aranceles impuestos durante la administración Trump —sumado a comentarios como la amenaza simbólica de convertir Canadá en el “estado 51”— ha motivado a miles de ciudadanos a cancelar o posponer sus viajes. Esto no sólo tiene un efecto simbólico: cada dólar que un canadiense no gasta en suelo estadounidense es una pérdida directa para la balanza de servicios del país.
El golpe llega en un momento en que el turismo mundial aún intenta recuperar su dinamismo tras el COVID-19. Si bien otras potencias como Francia, España o México ya muestran cifras cercanas a sus niveles prepandemia, EE.UU. parece ir a contracorriente. El contraste con España es especialmente llamativo: según Turespaña, en el primer trimestre de 2024 llegaron al país 16,1 millones de turistas internacionales, un 17% más que en el mismo periodo de 2023. Solo en marzo, el gasto turístico en España superó los 8.500 millones de euros, y los datos del INE muestran que los visitantes se quedan más días y gastan más por persona.
Esa recuperación sostenida ha llevado al turismo español a representar cerca del 12% del PIB, superando incluso los niveles previos a la pandemia. En EE.UU., en cambio, la aportación del sector se ha debilitado desde el colapso de 2020, y los signos de recuperación parecen interrumpidos por factores políticos, diplomáticos y de imagen internacional.
Y es que más allá de los ciclos estacionales, lo que preocupa es el peso estructural del turismo en la economía estadounidense. En 2019, antes de la pandemia, el sector generó más de 1,9 billones de dólares en actividad económica, lo que representaba aproximadamente el 7% del PIB. Además, sostenía más de 9 millones de empleos directos e indirectos, especialmente en estados con alta dependencia del turismo como Florida, Nevada, California y Hawái.
Cada millón de dólares gastado por turistas internacionales sostiene alrededor de ocho empleos en el país. Por tanto, una caída de 1.300 millones en solo un mes implica una amenaza directa a decenas de miles de trabajadores. Esto afecta desde empleados de aerolíneas y hoteles hasta camareros, guías turísticos, servicios de transporte y pequeños comercios locales.
Mientras tanto, algunos analistas advierten que el deterioro de la imagen del país en el exterior puede tener efectos persistentes, más allá de la coyuntura. La percepción de seguridad, hospitalidad y apertura es clave a la hora de elegir destino. Y si a eso se suma una política migratoria más restrictiva, la ecuación se complica.
Todo esto ocurre justo cuando algunas ciudades estadounidenses habían lanzado campañas para relanzar el turismo urbano y atraer a nómadas digitales o a turistas de alto poder adquisitivo. Los números de marzo parecen echar un jarro de agua fría sobre esas expectativas.
