La mayor burbuja inmobiliaria de la historia se vivió en Japón en los 80, por entonces si se hubiera vendido el Palacio Imperial de Tokio, se habría obtenido el equivalente al valor de todo el estado de California. El suelo de los campos de golf de Japón doblaban el valor de la capitalización de la bolsa australiana.

Ahora la situación es muy distinta y al contrario de lo que ocurre en el resto del mundo allí la vivienda no es un problema para los ciudadanos.

¿Y por qué en Japón la vivienda no es un problema?. Por un lado, el país ha experimentado un descenso en su tasa de natalidad y tiene políticas de inmigración restrictivas, lo que ha provocado una disminución de la población durante las últimas décadas. Este fenómeno ha dejado alrededor de 10 millones de viviendas vacías en todo el país, lo que reduce la presión sobre los precios de la vivienda. Aunque esta baja demanda es preocupante para algunas zonas rurales, en las grandes ciudades como Tokio, la construcción constante de nuevas viviendas ha ayudado a mantener los costos accesibles a pesar del crecimiento de la población en estas áreas.

A diferencia de otros países industrializados, en Japón el gobierno nacional tiene un control importante sobre las leyes de uso de suelo. Esto significa que las regulaciones de urbanización son más simples y uniformes, lo que permite un desarrollo más rápido y menos costoso. Esta diferencia regulatoria facilita la construcción de barrios mixtos, más densos y con mayor presencia de edificios multifamiliares.

Otra ventaja del enfoque japonés es que los promotores no se enfrentan la os mismos obstáculos regulatorios que en otros países, lo que acelera los proyectos y reduce los costos.

Aunque Japón tiene un enfoque práctico y efectivo en cuanto a la construcción de viviendas, también se enfrenta otros problemas. La vulnerabilidad a terremotos ha impulsado la necesidad de construir nuevas viviendas que cumplan con códigos de construcción más estrictos, lo que hace que las viviendas antiguas se deprecien con el tiempo. Esto contrasta con el mercado de España en donde las casas suelen apreciarse y son vistas como una inversión clave.

Quizás la clave no sea en prohibir o regular si no en dejar hacer y no poner barreras a la construcción.