Este de la foto es «Dragon» un cibergatito y hace tres años alguien pagó 170.000$ por él. Y lo que le hace único es que es único, como el resto de los cibergatitos que también son únicos. De los CryptoKitties ya hablamos por aquí hace tiempo.

Este juego tiene como objetivo criar, vender y comprar gatitos digitales (CryptoKitties ) cuyo valor depende del grado de especulación de la propia comunidad con cada uno de ellos. La diferencia entre un coleccionable tradicional y uno de estos criptogatitos, es que puedes mezclarlos unos con otros para generar más crías únicas, crías que luego podrás vender en el mercado de CryptoKitties o por tu cuenta donde mejor te parezca.

Cada usuario pone una tarifa que deben pagar los demás si quieren mezclarse con sus gatos.

Algunos de los gatos más populares han alcanzado precios muy elevados. Genesis, por ejemplo, se vendió recientemente por 118.000 dólares. El precio medio de los ‘criptogatos’ ronda entre los 110 y los 30 dólares.

El gato es el animal por excelencia de Internet y a todos nos gustan, quizás no tanto como pagar pagar esa fortuna por uno virtual, no sé, puestos a pagar una pasta mejor hacerlo por un trozo de tierra con buenas vistas ¿no creéis?

Pero antes de meternos en el mercado inmobiliario, hagamos una pausa para hablar de un tema, los «Tokens No Fungiles«, aquí lo explican muy bien.

Para entenderlo antes debemos tener claro el concepto de fungible. Un elemento fungible es aquel que una unidad del mismo es perfectamente intercambiable por otra del mismo elemento. Por ejemplo, el dinero que utilizamos en nuestro día a día es un elemento fungible. Si yo te doy 1 euro y tú me das otro a mí, nos quedamos igual, son perfectamente intercambiables. Lo mismo ocurre con bitcoin o los ether.

Un elemento no fungible es justo lo contrario. No es lo mismo tener uno u otro, ya que son perfectamente distinguibles, ya que poseen características únicas. No es lo mismo una moneda de oro con una antigüedad de 300 años que una moneda de 1 euro.

Esta es la idea que hay detrás de los“non-fungible token”, término acuñado por Dieter Shirley, el creador de CryptoKitties. Cada token de este tipo es perfectamente distinguible ya que posee características propias que lo hacen único frente a los demás.

¿Y qué tiene que ver esto con un trozo de tierra con buenas vistas?.

La semana pasada alguien ha pagado más de un millón de euros por una maravillosa parcela en la que puedes construir lo que quieras y que está muy bien situada… dentro de un videojuego. Se trata de la mayor transacción de un «token no fungibles»  de la historia y alguien ha pagado 888 ethers, la criptomoneda de Ethereum, lo que al cambio son alrededor de 1,3 millones de euros por nueve parcelas en Axie Infinity (un juego social inspirado en el mundo Pokémon), os pego lo que cuentan en criptonoticias para ver si entre todos podemos entenderlo.

Axie Infinity es un juego coleccionable basado en Ethereum cuyas parcelas virtuales son NFT (Tokens No Fungibles) del estándar ERC-721. De hecho, la venta tuvo lugar en la cadena lateral, Ronin, lanzada la semana pasada por los desarrolladores del juego que están preparando el terreno para que su ecosistema evolucione a una próxima etapa.

Precisamente las parcelas o trozos de tierra virtuales dentro de Lunacia, el mundo de Axie Infinity, son parte de la evolución del juego. En sus propios terrenos los jugadores podrán construir o decorar propiedades digitales, recolectar recursos y luchar contra sus propios monstruos.

Los NFT (non fungible tokens) abren la posibilidad de la creación de activos digitales únicos, lo que tiene implicaciones de gran importancia. Sus aplicaciones son cuantiosas, desde el propio coleccionismo hasta el mercado inmobiliario pasando por las entradas a conciertos y más. Tenemos que mirarlo más como una tecnología que se puede aplicar a bienes físicos más que la anécdota de que alguien pague tanto por un gatito o una parcela virtual. Un buen ejemplo lo tenemos en la industria musical.

«En este momento, el caso de uso más obvio es el de los derechos de autor de una producción sonora. Las producciones sonoras aportan un par de fuentes de ingresos al artista: derechos de autor, derechos de ejecución, derechos vecinos, ingresos por sincronización, flujos y ventas, etc. En el caso de los artistas más grandes suele haber muchos intermediarios, cada uno de los cuales se lleva su parte del pastel. […] Es un proceso complejo, con mucho dinero atascado en algún lugar del sistema, que nunca llega a los propietarios legítimos».